miércoles, 16 de marzo de 2011

alrededores de cemento, una historia lovecraftiana...


...Brian Lumley escribió este relato dentro del ambiente que creó H.P. Lovecraft en torno a los "Relatos de Cthulhu"; escritor inglés de los años nacido en 1937, se integró al "Circulo de Escritores de los Mitos de Cthulhu"; narra aquí la implacable persecución de los cthonians por debajo de la tierra, causando terremotos y dejando una estela de destrucción, siguiendo a sir Amery Wendy-Smith quien encontró las ruinas de la ciudad perdida G'harne, una persecución desde un lugar en África hasta Inglaterra...
H.P. Lovecraft y su circulo de los Mitos de Cthulu merece un post exclusivo... luego...
Ah!!! too much to do, and so little time... the joker (Jack Nicholson) en la película Batman - Warner 1989 dirigida por Tim Burton...

Alrededores de Cemento
Brian Lumley

Nunca dejará de asombrarme cómo algunos pretendidos cristianos se complacen perversamente en las desdichas de los demás. La prueba de esto penetró a la fuerza en mi casa, con los rumores totalmente innecesarios que me importunaron a raíz del fatal decaimiento del pariente más próximo que me quedaba.
Había quienes concluían que así como la Luna es responsable de las mareas, y en parte del lento movimiento de las capas superiores de la Tierra, de igual modo lo era del comportamiento de sir Amery Wendy-Smith, a su regreso de África. Como prueba señalaban la repentina fascinación de mi tío por la sismografía —el estudio de los temblores de tierra—, materia que atraía su interés hasta tal extremo que construyó su propio instrumento, un modelo que no incorpora la convencional base de cemento, y de tal exactitud que mide incluso el más leve de los estremecimientos que constantemente sacuden nuestro mundo. Tengo ante mí ahora ese mismo instrumento, rescatado de las ruinas de la casa de campo, y de vez en cuando lo miro con inquietud. Antes de su desaparición, mi tío pasaba horas y horas, aparentemente sin objeto, estudiando los quebrados movimientos del estilo sobre el papel milimetrado.
Por lo que a mí respecta, me resultaba extraño por demás el que mientras sir Amery estuvo en Londres, después de su regreso, evitara viajar en Metro y pagase desorbitantes cuentas de taxi, antes que bajar a lo que él denominaba «esos túneles tenebrosos». Extraño, desde luego, pero nunca lo consideré un signo de locura.
Sin embargo, sus pocos amigos realmente allegados parecían convencidos de su locura, atribuyéndola al hecho de haber vivido demasiado sumergido en esas civilizaciones muertas y casi olvidadas que tanto le fascinaban. Pero ¿Cómo podía haber sido de otro modo? Mi tío era arqueólogo hasta la médula. Sus extraños vagabundeos por países extranjeros no eran consecuencia de ningún anhelo de lucro o de fama. Más bien los emprendía por amor a la vida, pues la fama que de ellos resultaba —como ocurre frecuentemente— recaía la mayoría de las veces en sus siempre ávidos colegas. Estos contemporáneos suyos le envidiaban y habrían emulado sus éxitos, de haber poseído la perspicacia y curiosidad de que él estaba tan excepcionalmente dotado... o maldito, como ahora empiezo a creer. Mi rencor hacia ellos se debe a la manera en que le volvieron la espalda después de la espantosa culminación de esa última y fatal expedición. En los primeros años, muchos se habían sentido «atraídos» por sus descubrimientos, pero en esa última expedición, los «parásitos» no fueron invitados, les excluyó del favor, no les ofreció la oportunidad de apoderarse de una gloria remozada. Por eso creo que la mayor parte de las afirmaciones de que había perdido el juicio no eran ni más ni menos que un rencoroso medio de minimizar su genio.
Ciertamente, ese último safari fue su final físico. Al que antes había sido un hombre erguido y fuerte, habida cuenta de su edad, con un pelo como el azabache y una sonrisa constante, se le vio andar con la espalda cargada y muchos kilos de menos. Su pelo se había vuelto gris y su sonrisa nerviosa y rara, mientras que un pronunciado tic sacudía su carne en una comisura de la boca. Antes de que estos espantosos achaques hiciesen posible que sus en otro tiempo «amigos» le ridiculizaran, antes de la expedición, sir Amery había descifrado o traducido —sé muy poco de estas cosas— un puñado de ladrillos rotos y seculares, conocidos en los círculos arqueológicos como los Fragmentos de G'harne. Aunque él no hablaba nunca abiertamente de sus logros, sé que fue ese descubrimiento lo que le impulsó a ir, desventuradamente, a África.
Él y un grupo de amigos personales, todos ellos caballeros igualmente instruidos, se adentraron en ese continente en busca de una ciudad legendaria que, según creía sir Amery, existió siglos antes de que se pusieran los cimientos de las pirámides. En efecto, de acuerdo con sus cálculos, los primeros antepasados del hombre no habían sido concebidos aún cuando las inmensas murallas de G'harne alzaban sus monolíticas tallas hacia unos cielos primordiales. Con respecto a la edad de la plaza, si es que existió, no podían ser refutadas las pretensiones de mi tío. Las recientes comprobaciones científicas sobre los Fragmentos de G'harne habían demostrado que eran anteriores al período triásico, y su misma existencia resultaba imposible de explicar, a no ser como una arcilla milenaria.
Sir Amery, solo y en una terrible situación, se topó con un campamento de salvajes, cinco semanas después de su partida del pueblo nativo donde la expedición tuvo contacto por última vez con la civilización. Indudablemente, aquellos hombres feroces que encontró habrían terminado con él allí mismo, de no ser por sus supersticiones. Su aspecto enajenado y la extraña lengua en la que gritaba, justamente con el hecho de haber surgido de una zona que era «tabú» en sus leyendas tribales, contuvo sus manos. Finalmente, le cuidaron hasta devolverle cierta apariencia de salud y le transportaron a una región más civilizada, desde la que poco a poco fue capaz de abrirse camino hasta el mundo exterior. De los demás miembros de la expedición, nada se volvió a saber ni oír, y sólo yo conozco la historia, porque la he leído en la carta que mi tío me dejó. Pero dejaré eso para más adelante.
Después de su regreso solitario a Inglaterra, sir Amery desarrolló esas excentricidades ya mencionadas, y la mera alusión o especulación por parte de extraños sobre la desaparición de sus colegas bastaba para que empezase a desvariar horriblemente sobre cosas inexplicables, tales como «un país enterrado donde Shudde-M'ell medita y burbujea y trama la destrucción de la raza humana y la liberación del Gran Cthulhu de su prisión acuática...» Cuando se le instó oficialmente a que diese cuenta de la desaparición de sus compañeros dijo que habían muerto en un terremoto, y aunque, según la opinión común, se le pidió que aclarase su respuesta, no dijo nada más...
Así, como no estaba seguro de cómo reaccionaría a las preguntas sobre su expedición, no quise interrogarle sobre ella. Sin embargo, en aquellas raras ocasiones en que hablaba espontáneamente sin que se le presionase, yo escuchaba ávidamente porque igual que los demás, anhelaba esclarecer el misterio.
Había vuelto hacía sólo unos meses cuando súbitamente se marchó de Londres y me invitó a su casa de campo, aislada aquí en los pantanos de Yorkshire, para que le hiciese compañía. Esta invitación fue una cosa extraña en sí misma, ya que él era un hombre que había pasado meses enteros en absoluta soledad, en diversos lugares desolados y apartados, y le gustaba considerarse una especie de ermitaño. Acepté porque vi una ocasión perfecta para compartir un poco de esa soledad que me parecía particularmente útil para escribir.

2

Un día, poco después de instalarme en su casa, sir Amery me enseñó un par de esferas extrañamente hermosas y nacaradas. Medían unos diez centímetros de diámetro, y aunque no había logrado identificar categóricamente el material de que estaban hechas, me dijo que parecía ser una desconocida combinación de calcio, crisolita y polvo de diamante. «Cualquiera sabe cómo se habrá conseguido», decía él. Las esferas, dijo, habían sido halladas en el emplazamiento de la muerta G'harne —fue la primera alusión al hecho de que había encontrado realmente el lugar—, sepultadas bajo tierra en un estuche de piedra, sin tapa, con extraños ángulos y ciertos grabados absolutamente remotos en sus caras. Sir Amery no fue explícito ni mucho menos respecto de dichos dibujos, comentando solamente que sugerían cosas tan repugnantes que no estaría bien describirlas con demasiado detalle. Finalmente, en respuesta a mis preguntas de sondeo, me contó que representaban monstruosos sacrificios a cierta deidad inefable y atónica. Se negó a decir más, pero me remitió, ya que yo parecía tan «tremendamente ansioso», a las obras de Cómodo y del obseso Caracalla. Dijo también que en la caja, juntamente con los grabados, había muchas líneas de caracteres profundamente tallados, muy semejantes a los grabados cuneiformes de los Fragmentos de G'harne y que, en ciertos aspectos, tenían un inquietante parecido con los casi impenetrables Manuscritos Pnakóticos. Muy posiblemente, prosiguió, el recipiente había sido una caja de adorno, y las esferas, con toda probabilidad, debieron de ser chucherías de algún niño de la antigua ciudad; desde luego, se mencionaba a los niños —o jóvenes de muy corta edad— en lo que él había logrado descifrar de la singular escritura de la caja.
Fue en este punto de su relato cuando observé que los ojos de sir Amery empezaban a vidriarse y que su voz comenzaba a flaquear, casi como si algún extraño obstáculo psíquico afectase su memoria. Sin previo aviso, como el hombre que cae súbitamente en trance hipnótico, se puso a murmurar cosas sobre Shudde-M'ell y Cthulhu, Yog-Sothoth y Yibb-Tstll —«dioses remotos que desafían toda descripción»— y sobre mitológicos lugares de nombres igualmente fantásticos: Sarnath e Hiperbórea, R'lyeh y Ephiroth y muchos otros...
Aunque yo estaba deseoso de saber más sobre aquella trágica expedición, temía ser yo quien detuviera a sir Amery en sus explicaciones. Pero por más que me esforcé, oyéndole balbucear esas cosas, no pude evitar que se reflejase en mi rostro una expresión de compasión, de modo que cuando me miró, se excusó apresuradamente y corrió a refugiarse en la intimidad de su habitación. Más tarde, cuando pasé por delante de su puerta, le vi concentrado en su sismógrafo, y parecía estar correlacionando las señales de su papel con un atlas mundial que había cogido de la biblioteca. Me preocupó el notar que hablaba tranquilamente consigo mismo.
Naturalmente, siendo lo que era, y teniendo tan gran interés en los problemas étnicos, mi tío siempre había poseído —junto con sus colecciones de documentos históricos y geográficos— una serie de obras superficiales relativas al saber antiguo y a primitivas y dudosas religiones. Me refiero a obras como La rama dorada o el Culto de las brujas, de Margaret Murray. Pero ¿Qué podía pensar yo de aquellos otros libros que encontré en su biblioteca a los pocos días de mi llegada? Había en sus estantes al menos nueve obras de las que sé que aluden a tales atrocidades que han sido calificadas por autoridades de muy distintas épocas de infames, blasfemas, repugnantes, execrables y completamente demenciales. Estaban entre ellas el Cthaat Aquadingen, de autor desconocido; las Notas sobre el Necronomicón, de Feery; el Liber Miraculorum; la Historia de la magia, de Eliphas Lévi, y un ejemplar encuadernado en una piel ya descolorida del horrendo Cultes des goules. Quizá el peor que vi fue un volumen mohoso de Cómodo que este maníaco escribió en el año 183, y que habían evitado que siguiese cuarteándose mediante laminación.
Y más aún, como si estos libros no fuesen lo bastante desconcertantes, ¡estaba eso otro! ¿Qué podría decir del cántico indescifrable, como un zumbido, que oía a menudo y que procedía de la habitación de sir Amery en plena noche? La primera vez que ocurrió esto fue la sexta noche de mi estancia en su casa; me sacaron de mi desasosegado sopor los morbosos acentos de una lengua aparentemente imposible de imitar por las cuerdas vocales del hombre. Sin embargo, mi tío se expresaba con fluidez; yo logré transcribir una especie de estribillo que repetía frecuentemente, en lo que consideré que podía ser su expresión fonética más apropiada. Los fonemas resultantes —o sonidos— eran:

Ce'haiie ep-ngh fl'hur G'harne fhtagn,
Ce'haiie fhtagn ngh Shudde-M'ell.
Hai G'harne orr'e ep fl'hur,
Shudde-M'ell ican-icanicas fl'hur   orr'e   G'harne...

Aunque entonces me pareció impronunciable, tal como lo oía, he descubierto que cada día que pasa, de un modo extraño, la pronunciación de esas palabras me resulta más fácil, como si con la proximidad de un horror obsceno fuese más capaz de proferir esas terribles expresiones. Quizá se deba a que últimamente, en mis sueños, he tenido ocasión de repetir esas mismas palabras, y, como todas las cosas se hacen más sencillas en los sueños, mi fluidez ha pasado a mi vida ágil. Pero eso no explica los temblores, los mismos inexplicables temblores que tanto asustaban a mi tío. ¿Son las sacudidas que provocan los perpetuos estremecimientos del estilo del sismógrafo meros vestigios de algún inmenso cataclismo subterráneo que tiene lugar a mil kilómetros de profundidad y a cinco mil de distancia... o son ocasionadas por algo distinto? ¿Algo tan outré y espantoso que mi mente se hiela cuando trato de estudiar el problema demasiado a fondo?

3

Llevaba yo con él algunas semanas, cuando sir Amery comenzó a dar claras muestras de recobrarse rápidamente. Desde luego, todavía se le veía cargado de espaldas —aunque daba la sensación de que algo menos—, y seguía con sus supuestas excentricidades; pero volvía a ser el mismo en otros aspectos. El tic nervioso había desaparecido de su cara completamente y sus mejillas habían recuperado algo de su antiguo color. Su mejoría, pensé, se debía a sus interminables estudios del sismógrafo; porque a la sazón yo había comprobado que existía una relación concreta entre los registros de esa máquina y la enfermedad de mi tío. No obstante, no alcanzaba a entender por qué los movimientos internos de la Tierra podían determinar el estado de sus nervios. Fue después de una visita a su habitación, para consultar ese instrumento, cuando me habló más de la ciudad muerta de G'harne. Era un tema del que yo tenía que haber intentado alejarle.
—Los fragmentos —dijo—, indican el emplazamiento de una ciudad cuyo nombre, G'harne, sólo se conoce por la leyenda y se la cita en el pasado junto con la Atlántida, Mu y R'lyeh. Es un mito nada más. Pero si a una leyenda se le da un emplazamiento geográfico, se la fortalece en cierto modo... y si ese emplazamiento proporciona reliquias del pasado, de una civilización perdida hace milenios, entonces la leyenda se convierte en historia. Te sorprendería conocer la cantidad de historia que efectivamente se ha reconstruido de ese modo.
»Yo tenía la esperanza, la corazonada podría decir, de que G'harne había existido en la realidad, y al descifrar los fragmentos vi que estaba a mi alcance probar, de una manera o de otra, esta realidad suya. He estado en algunos extraños lugares, Paul, y he escuchado relatos aún más extraños. Una vez viví con una tribu africana que declaraba poseer los secretos de la ciudad perdida y los narradores que contaban historias me hablaron de un país donde jamás brilla el sol; donde Shudde-M'ell, ocultándose profundamente en el suelo acolmenado, trama la propagación del mal y la locura por todo el mundo y proyecta ¡la resurrección de otras abominaciones aún peores!
»Se oculta en la tierra y espera a que llegue el momento en que las estrellas sean favorables, y sus hordas horribles sean suficientes en número, ¡para poder infestar el mundo entero con su repugnancia y provocar el retorno de otras criaturas nacidas en las estrellas, que habitaron en la Tierra millones de años antes de la aparición del hombre, y que aún estaban aquí, en ciertos lugares tenebrosos, cuando éste surgió! Y te digo, Paul —su voz se había elevado—, que aún están aquí..., ¡en los lugares más insospechados! Me hablaron de unos sacrificios a Yog-Sothoth y a Yibb-Tstll que te helarían la sangre, y de ritos horripilantes practicados bajo cielos prehistóricos, antes de que el viejo Egipto viera la luz. Las cosas que oí hacen palidecer las obras de Alberto Magno y de Grobert, y aun el propio Sade habría enmudecido de estupor al escucharlas.
La voz de mi tío había ido animándose progresivamente a cada frase, pero ahora se detuvo para tomar aliento; y en un tono más normal y sosegado, prosiguió:
—Mi primer pensamiento al descifrar los fragmentos fue organizar una expedición. Puedo decirte que yo sabía de ciertas cosas que podía haber excavado y sacado a la luz, aquí en Inglaterra (te sorprendería saber lo que acecha bajo la superficie de algunas de estas apacibles colmas de Cotswold); pero eso habría alertado a toda una hueste de supuestos «expertos» y aficionados, así que opté por G'harne. Cuando mencioné por primera vez a Kyle, a Gordon y a los demás, mi idea de organizar una expedición, mis argumentos parece que fueron tan absolutamente convincentes que todos insistieron en acompañarme. Algunos, sin embargo, debieron pensar que venían a una cacería de fantasmas, pues como he explicado, G'harne estaba en el mismo reino que Mu y que Ephiroth, o lo estuvo al menos, y debieron de imaginar que iban en busca de una verdadera lámpara de Aladino; pero a pesar de todo, vinieron. No podían permitirse el lujo de no venir, porque si G'harne resultaba ser real..., ¡bueno! Pienso en la gloria que se perderían... No se lo perdonarían jamás. Y por eso no puedo perdonarme a mí mismo; porque de no haberme entremetido con los fragmentos, estarían todos aquí ahora, Dios les asista...
Nuevamente la voz de sir Amery se había llenado de cierta temerosa excitación, y prosiguió febrilmente:
—¡Cielos, pero este lugar me pone enfermo! No podré resistir mucho tiempo. Está toda esta hierba y esta tierra. ¡Me hace estremecer! Alrededores de cemento es lo que necesito; y cuanto más gruesa sea la capa de cemento, mejor... Aunque hasta las ciudades tienen sus desventajas: los metros y demás... ¿Has visto Accidente del Metro, de Pickmen, Paul? ¡Dios mío, qué película! Y aquella noche, ¡aquella noche! ¡Si los hubieses visto trepar por las minas! Si hubieses sentido los temblores... ¡Bueno! El mismo suelo oscilaba y danzaba cuando salían... Los habíamos molestado, ¿comprendes? Incluso puede que creyeran que eran atacados, y salieron... ¡Dios mío! ¿Cuál pudo ser la razón de tanta ferocidad? Sólo unas horas antes me había estado felicitando a mí mismo por haber descubierto las esferas, y luego... Y luego...
Ahora jadeaba y sus ojos, como antes, se habían vuelto vidriosos. Su voz había sufrido un extraño cambio en el timbre y sus acentos eran tartamudeantes y extraños.
Ce-haiie, Ce'haiie..., la ciudad puede estar enterrada, pero quienquiera que diga que está muerta, no sabe lo que se dice. ¡Estaban vivos! Están vivos desde hace millones de años; quizá no pueden morir... ¿Y por qué no? ¿No son dioses, de algún modo? Y salen de noche...
—¡Tío, por favor! —exclamé.
—No me mires así, Paul, ni pienses lo que estás pensando... Han ocurrido cosas extrañas, créeme... Wilmarth, de Miskatonic, debió de contar alguna historia fantástica, ¡apostaría a que sí! ¡Tú no has leído lo que Johansen escribió! ¡Dios mío, lee el relato de Johansen! Hai ep fl'hur... Wilmarth..., el viejo charlatán... ¿Qué no habrá que sepa él y no quiera revelar? ¿Y por qué lo que se encontró en aquellas Montañas de la Locura se mantuvo tan en secreto, eh? ¿Y qué extrajo el equipo de Pabodie de la tierra? Dime todo eso, si puedes. ¡Ja, ja, ja! Ce'haiie, Ce'haiie... G'harne icanica...
Y se puso a gritar, con los ojos vidriosos y gesticulando violentamente con las manos en el aire. No creo que me viese a mí, ni nada..., salvo —con los ojos de la mente— una horrible repetición de lo que imaginaba que había sucedido. Le cogí por el brazo para apaciguarle, pero él apartó mi mano, evidentemente sin saber lo que se hacía.
—Ya salen esos seres gomosos... Adiós, Gordon... No grites así; los gritos me trastornan la mente... ¡Gracias al cielo que sólo es un sueño! Una pesadilla como todas las que he venido sufriendo últimamente... Es un sueño, ¿verdad? Adiós, Scott, Kyle, Leslie...
De repente, con los ojos desencajados, giró sobre sí violentamente:
—¡El suelo se abre! Cuántos... Me caigo... ¡No es un sueño! ¡Dios mío! ¡NO ES UN SUEÑO! ¡No! ¡Apártense! ¿Me oyes? ¡Agh! ¡El limo...! ¡Corramos!... ¡Lejos de esas voces, lejos de esos ruidos de succión y de esos cánticos!
De manera imprevista, prorrumpió él mismo en un cántico, y su espantoso acento, no distorsionado por la distancia ni por el espesor de una puerta robusta, habría hecho perder el sentido a un oyente más temeroso. Era como el que le oía a veces en plena noche, pero las palabras no parecen tan malignas sobre el papel; más bien resultan casi ridículas. Sin embargo, oírlas de una boca de mi propia carne y sangre... y con aquella antinatural fluidez...

Ep ep fl'hur G'harne,
G'harne fhtagn Shudde-M'ell hyas Negg'h.

Mientras cantaba estas increíbles palabras, los pies de sir Amery habían empezado a tantear arriba y abajo en una grotesca parodia de carrera. De pronto, empezó a gritar otra vez, y con una brusquedad sobrecogedora, saltó junto a mí y echó a correr con todas sus fuerzas, yendo a chocar contra la pared. El golpe le abatió y cayó como un guiñapo en el suelo.
Me angustió el pensar en la posibilidad de que mis limitados auxilios no fuesen los adecuados; pero para mi inmenso alivio recobró la conciencia unos minutos después. Tembloroso, me aseguró que estaba «bien, sólo un poco alterado», y sostenido por mi brazo, se retiró a su habitación.
Esa noche me fue imposible cerrar los ojos, así que me envolví en una manta y me senté junto a la habitación de mi tío, por si su sueño se veía turbado. Sin embargo, pasó una noche tranquila y, paradójicamente, por la mañana parecía haber eliminado de su organismo aquel estado, y daba muestras de franca mejoría.
Los modernos médicos saben desde hace tiempo que en ciertos estados mentales se puede conseguir una curación haciendo que el paciente reviva los sucesos que ocasionaron su trastorno. Quizá la explosión de mi tío en la noche anterior surtiera el mismo efecto; al menos así lo creí yo, porque por entonces había concebido nuevas ideas sobre su anormal comportamiento. Me decía a mí mismo que si había tenido pesadillas periódicas y en medio de una de ellas había ocurrido un terremoto en el que murieron sus amigos y colegas, era muy natural que su mente se hubiera desquiciado temporalmente al despertar y descubrir la carnicería. Y si mi teoría era correcta, explicaría también sus obsesiones sísmicas...

4

Una semana más tarde afloró otro lamentable síntoma del estado de sir Amery. Parecía haber mejorado mucho, aunque de vez en cuando aún deambulaba en sueños, y había salido al jardín «a podar un poco». Estábamos ya en el mes de septiembre y hacía frío, pero lucía el sol y pasó la mañana entera ocupado con el rastrillo y la podadera. Nos arreglábamos nosotros solos; y estaba yo pensando en ponerme a preparar la comida, cuando ocurrió una cosa muy rara. Sentí claramente moverse el suelo bajo mis pies y oí un ruido sordo y prolongado. Yo estaba sentado en el cuarto de estar cuando ocurrió, y un momento después se abrió de golpe la puerta del jardín e irrumpió mi tío. Su rostro estaba mortalmente pálido y tenía los ojos horriblemente desencajados al pasar junto a mí en dirección a su cuarto. Me quedé tan aturdido ante su súbita aparición que apenas me moví de la silla, hasta que regresó temblando al cuarto de estar. Sus manos se agitaban nerviosas al sentarse en una butaca.
—Ha sido el suelo... Creí por un segundo que el suelo... —se puso a murmurar, más para sus adentros que para mí, y a temblar visiblemente de pies a cabeza, como consecuencia de la tremenda impresión sufrida. Luego vio la preocupación reflejada en mi rostro y trató de serenarse—. El suelo... Estaba seguro de haber sentido un temblor; pero me he equivocado. Debe de ser este lugar. Todo este espacio abierto... Me temo que tendré que hacer un esfuerzo y marcharme de aquí. ¡Hay en definitiva demasiada tierra y poco cemento! Alrededores de cemento es lo que...
Estuve a punto de decirle que yo también había notado la sacudida, pero sabiendo que él creía que estaba equivocado, me callé. No quería avivar inútilmente sus considerables trastornos.
Esa noche, cuando sir Amery se hubo retirado, entré en su despacho —habitación que, aunque él nunca me lo había dicho, yo sabía que consideraba inviolable— para echar un vistazo al sismógrafo. Antes de inspeccionar el aparato, empero, vi las notas esparcidas sobre la mesa de al lado. Una mirada bastó para comprender que las hojas de blanco papel estaban cubiertas de anotaciones fragmentarias con la letra de mi tío, y cuando miré más de cerca sentí malestar, al descubrir que eran una vaga mezcolanza de sucesos aparentemente inconexos —y sin embargo, aparentemente conectados también— en relación con sus fantásticas conjeturas. Dichas notas han pasado a mi posesión definitiva, y dicen textualmente así:

Muro de Adriano

Años 122-128. Ladera del limes (¿¿la Gn'yah de los Fragmentos??). Temblores de tierra interrumpieron excavaciones, por lo que los bloques de basalto quedaron abandonados en el foso incompleto con agujeros en cuña para abrir la piedra.

W'nyal-Shash (Mitra)

Los romanos tenían sus propias deidades, pero no a Mitra, a quien los discípulos de Cómodo el Maníaco ofrecían sacrificios en la ladera del limes. ¡Y ésa era la misma zona donde, cincuenta años antes, se desenterró y descubrió un gran bloque de piedra con inscripciones y dibujos grabados! El centurión Silvano borró ambas cosas a golpes y enterró el bloque otra vez. Recientemente se ha descubierto un esqueleto, identificado positivamente como el del propio Silvano por la sortija de sello de uno de sus dedos, bajo el suelo (profundo) donde una vez hubo una Taberna Vicus en Housesteads Fort; ¡pero no sabemos cómo desapareció! Tampoco eran demasiado precavidos los seguidores de Cómodo. Según Caracalla, también desaparecieron súbitamente... ¡durante un terremoto!

Avebury

(¿¿La A'byy neolítica de los Fragmentos y de los Manuscritos Pnakóticos??). Ref. al libro de Stukeley, Un templo para los druidas británicos. Druidas, efectivamente... ¡Pero Stukeley casi acertó al hablar del Culto a la Serpiente! ¡Gusanos, para ser más exactos!

Concilio de Nantes

(Siglo ix). El concilio no sabía lo que se hacía cuando ordenó: «Que también las piedras, aquellas que, engañados por los demonios, adoran en las ruinas y en el interior de los bosques, donde hacen sus votos solemnes y ejecutan sus ofrendas, sean arrancadas de sus mismos cimientos y arrojadas a lugares donde sus devotos jamás puedan encontrarlas otra vez»... ¡He leído este párrafo tantas veces que se me ha grabado en la memoria! Sólo Dios sabe lo que sucedió a los pobres diablos que trataron de cumplir las órdenes del Concilio...

Destrucción de grandes piedras

En los siglos xiii y xiv, la Iglesia intentó también arrancar ciertas piedras de Avebury, objeto de supersticiones locales, ¡ya que las gentes del campo participaban en los cultos paganos y de brujería que se celebraban en torno a ellas! De hecho, algunas de las piedras fueron destruidas —mediante fuego y ducha— «por los trazados que había en ellas».

Incidente

1920-25. ¿Por qué se realizó el enorme esfuerzo de enterrar una de las grandes piedras? Un temblor de tierra ocasionó el deslizamiento de la piedra, atrapando a un obrero. Al parecer, no se hizo nada por rescatarle... El «accidente» sucedió de noche, ¡y otros dos hombres murieron de terror! ¿Por qué huyeron los demás trabajadores del lugar? ¿Y qué era el titánico ser que uno de ellos vio hundirse en el suelo entre contorsiones? Al parecer, dicho ser dejó un olor nauseabundo detrás... Por su OLOR los conocerás... ¿Era miembro de otro nido de gules intemporales?

El obelisco

¿Por qué rompieron el enorme obelisco de Stukeley? Los trozos fueron enterrados a principios del siglo xviii, pero en 1833, Henry Browne encontró sacrificios quemados en el lugar... Y cerca, en Silbury Hill... ¡Dios mío! ¡Dichoso monte del demonio! Hay cosas, aun en medio de estos horrores, cuyo mero pensamiento resulta imposible de soportar; ¡y mientras conserve mi juicio, es mejor que Silbury Hill sea uno de ellos!

América: Innsmouth

1928. ¿Qué sucedió realmente y por qué el Gobierno federal arrojó cargas de profundidad en el Arrecife del Diablo, en la costa atlántica, exactamente frente a Innsmouth? ¿Por qué desaparecieron la mitad de los ciudadanos de Innsmouth? ¿Cuál era su relación con la Polinesia, y qué hay sepultado en las tierras bajo el mar?

El que camina en el viento

(El Caminante de la Muerte, Ithaqua, el Wendigo, etc.) Sin embargo, otro horror, ¡aunque de tipo diferente!. ¡Y qué prueba! Supuestos sacrificios humanos en Manitoba. Increíbles circunstancias rodean el Caso Norris. Spencer, de la Universidad de Quebec, afirma la literal validez del caso... Y al...

Pero ahí terminaban las notas, y cuando las leí por primera vez me alegré de que fuese así. Cada vez era más evidente que mi tío estaba muy lejos de encontrarse bien, y no muy en su juicio. Desde luego, siempre cabía la posibilidad de que hubiese escrito esas notas antes de su aparente mejoría, en cuyo caso su estado no era forzosamente tan malo como parecía.
Después de volver a colocar las notas exactamente como las había encontrado, volví mi atención hacia el sismógrafo. La línea del gráfico era recta y firme, y cuando quité el carrete y revisé el papel vi que durante los últimos doce días había registrado aquella casi antinatural e invariable línea recta. Como he dicho, ese aparato y el estado de mi tío se hallaban directamente relacionados, y esta prueba de quietud de la tierra era indudablemente la razón del relativo bienestar que había experimentado él últimamente. Pero aquí había otra cosa singular... Francamente, estaba asombrado de mis descubrimientos, pues estaba seguro de haber notado un temblor —en efecto, había oído un ruido sordo y prolongado—, y parecía imposible que sir Amery y yo hubiésemos sufrido la misma y simultánea ilusión sensorial. Rebobiné el carrete, y al volverme para salir de la habitación, reparé en algo que se le había caído a mi tío. Era un pequeño tornillo de bronce que brillaba en el suelo. Una vez más, desmonté el carrete y vi el agujero del que faltaba, que ya había observado antes, aunque no me había parecido nada importante. Ahora adiviné que era el lugar del tornillo. No tengo ni idea de mecánica y no podría decir qué papel desempeñaba este pequeño elemento en el funcionamiento del aparato; no obstante, lo volví a colocar, y el instrumento quedó en perfecto estado. Entonces me quedé un instante junto a él, para asegurarme de que marchaba perfectamente, y a los pocos segundos comprobé que todo estaba en regla. Fueron mis oídos los primeros en advertirme del cambio. Antes había sonado un zumbido de maquinaria de reloj y un ruido como de raspar continuo y uniforme. El zumbido aún sonaba, pero en vez del raspar uniforme, oí suaves rasgueos que atrajeron mis fascinados ojos hacia el estilo.
Aquel tornillito, evidentemente, era la clave de todo. No era de extrañar que la sacudida que sentimos por la mañana, y que había alterado tantísimo a mi tío, hubiese quedado sin registrar. El instrumento no había funcionado correctamente entonces; pero ahora, sí... Ahora podía verse claramente cómo cada pocos minutos el suelo se estremecía con unos temblores que, aunque no tan fuertes como para notarlos sensiblemente, eran, desde luego, lo bastante intensos como para que el estilo zigzaguease sobre la superficie del papel giratorio.
Me sentí en un estado mucho más agitado que el propio suelo cuando finalmente me retiré esa noche. No obstante, no era capaz de determinar la causa de mi nerviosismo. ¿Por qué, exactamente, me sentía tan aprensivo respecto a mi descubrimiento? Desde luego, yo sabía que ahora el efecto del funcionamiento —¿correcto?— del aparato sobre mi tío habría sido probablemente de lo más desagradable, y que hubiera podido provocarle otra de sus «explosiones»; pero ¿era eso lo que me llenaba de inquietud? Cuando lo pensaba, no veía razón alguna por la que una zona del campo recibiese un porcentaje de temblores de tierra mayor del que le correspondía. Por último, concluí que, o el aparato era defectuoso, o era enormemente sensible, y me fui a acostar asegurándome a mí mismo que la violenta sacudida que habíamos sentido había sido mera coincidencia con el estado de mi tío. No obstante, antes de dormirme, noté que el aire mismo parecía cargado de una extraña tensión, y que la leve brisa que había agitado las últimas hojas durante el día se había calmado completamente, dejando una quietud absoluta en la que, durante mi sueño ligero, me pareció que el suelo temblaba toda la noche bajo mi cama...

5

Al día siguiente, me levanté temprano. Andaba escaso de material de escribir y había decidido coger el único autobús de la mañana para Radcar. Me marché antes de que se levantase sir Amery, y durante el viaje volví a pensar en los sucesos del día anterior; entonces decidí hacer alguna averiguación mientras estuviese en el pueblo. En Radcar tomé un bocado y luego pasé por las oficinas del Radcar Recorder, donde un tal señor Mckinnen, subdirector, me fue particularmente útil. Estuvo un rato en el teléfono de la oficina, haciendo extensas preguntas en interés mío. Finalmente me dijo que durante la mayor parte del año no había habido temblores de ningún tipo en Inglaterra, cuestión que yo habría discutido, evidentemente, de no haber esperado más información. Me enteré de que había habido algunas pequeñas sacudidas y que éstas habían ocurrido en lugares como Goole, que distaba unos kilómetros (una de ellas había tenido lugar precisamente en las últimas veinticuatro horas) y en Tenterden, cerca de Dover. Había habido también un levísimo temblor en Ramsey, Huntingdonshire. Le di las gracias efusivamente al señor Mckinnen por su ayuda, y me habría marchado inmediatamente; pero a última hora se le ocurrió preguntarme si me interesaría comprobarlo en las colecciones de periódicos internacionales. Acepté agradecido y me dejó que revisase yo solo un enorme montón de traducciones interesantes. Naturalmente, la mayoría no me servían de nada, pero no me costó demasiado dar con lo que me interesaba. Al principio me costó trabajo creer en el testimonio de mis propios ojos. Leí que en agosto había habido terremotos en Aisne de tal gravedad que una o dos casas se habían derrumbado hiriendo a determinado número de personas. Estas sacudidas habían sido semejantes a las que había habido semanas antes en Agen, en el sentido de que parecían más consecuencia de un asentamiento del terreno que un verdadero terremoto. A primeros de julio habían tenido lugar también temblores en Calahorra, Chinchón y Ronda, España. La trayectoria era recta como el vuelo de una flecha y pasaba por —o más bien por debajo de— el estrecho de Gibraltar y Xauen, en el Marruecos español, donde una calle entera de casas se había venido abajo. Más allá, sin embargo... Pero ya tenía bastante. No me atreví a seguir leyendo; no quería saber —ni aun remotamente— el paradero de la muerta G'harne...
¡Oh! Había más que suficiente para hacerme olvidar el motivo original de mi viaje. Mi libro podía esperar, porque ahora había cosas más importantes que hacer. Mi siguiente escala fue la biblioteca del pueblo, donde saqué el Atlas Mundial, de Nicheljohn, y lo abrí por esa página que tiene un mapa doblado de las Islas Británicas. Mi conocimiento de la geografía y condados ingleses es regular, y me había parecido extraordinario el que lugares sin relación alguna hubiesen sufrido pequeños terremotos. No me había equivocado. Utilizando un segundo libro a modo de regla, pude unir Goole, de Yorkshire, con Tenterden, en la costa sur, y vi con un hormigueo de monstruosa aprensión que la línea pasaba muy cerca, si no directamente por Ramsey, en Huntingdonshire. Seguí con angustiado interés la línea hacia el norte, y con los ojos súbitamente febriles, vi que pasaba ¡a menos de una milla de la casa de campo de los pantanos! Mis dedos torpes e insensibles volvieron las páginas hasta que encontré la correspondiente a Francia. Me detuve un instante, y luego proseguí hasta encontrar España, y, finalmente, África. Durante largo rato permanecí inmóvil, en anonadado silencio, volviendo páginas de vez en cuando, comprobando nombres y lugares de manera mecánica... Cuando finalmente abandoné la biblioteca, mis pensamientos se arremolinaban en torbellino, y sentí que me recorría la espalda un escalofrío de arcaico terror abismal. Mis nervios, antes perfectamente equilibrados, empezaban ya a desmoronarse...
Durante el viaje de regreso por los pantanos en el autobús de la tarde, el ronroneo del motor me arrulló, sumiéndome en una especie de sopor en el que otra vez oí algo que sir Amery había murmurado, algo que había dicho en voz alta cuando dormía, y probablemente soñaba. Había dicho:
«No les gusta el agua... Inglaterra está a salvo... Tienen que ahondar demasiado...»
El recuerdo de esas palabras me sobresaltó, desvelándome completamente y produciéndome un frío que me penetró hasta la médula de los huesos. No fueron ésos unos sentimientos de falso y alucinado presagio, pues en la casa me esperaba lo que consumaría la completa destrucción de mi sistema nervioso...
Cuando el autobús dio la vuelta en la curva final del bosque que oculta la casa, ¡lo vi! El edificio se había derrumbado. ¡Sencillamente, no podía comprenderlo! Aun sabiendo lo que sabía —con todas las pruebas que lentamente había ido recogiendo—, era demasiado para la comprensión de mi torturado cerebro; bajé del autobús y esperé a que éste pasara los coches aparcados de la policía, antes de cruzar la carretera. La cerca de la casa había sido derribada para dejar paso a una ambulancia ahora estacionada en el jardín singularmente inclinado. Habían montado proyectores, pues era casi de noche, y un par de socorristas trabajaba frenéticamente entre las increíbles ruinas. Al quedarme contemplándolo todo, horrorizado, se me acercó un oficial de la policía y, tras identificarme, me contó la siguiente historia.
Al pasar, un motorista había visto el derrumbamiento, y los temblores que acompañaron se habían sentido en Marske. El motorista se dio cuenta de que poco podía hacer él solo, y fue rápidamente a Marske a dar parte. Al parecer, la casa se había venido abajo como un castillo de naipes. La policía y una ambulancia se habían presentado en el lugar del suceso en cuestión de minutos, y las operaciones de rescate habían comenzado inmediatamente. Por ahora parecía que mi tío estaba fuera cuando ocurrió el derrumbamiento, pues hasta el momento no habían encontrado rastro alguno de él. Habían notado un olor extraño, hediondo en el lugar, pero se desvaneció poco después de comenzar los trabajos de rescate. Los socorristas habían despejado los suelos de todas las habitaciones, salvo el del despacho; y mientras el oficial me ponía al corriente, seguían sacando más escombros.
Súbitamente, se hizo silencio en el excitado murmullo de voces. Vi que el grupo de obreros que trabajaban en el rescate se habían quedado como mirando algo en el suelo. Mi corazón dio un vuelco, y trepé por encima de los escombros para averiguar qué era lo que habían descubierto.
Allí, en lo que había sido el piso del despacho, estaba lo que yo había temido y casi me esperaba. Era simplemente un boquete. Un boquete abierto en el piso; pero en los bordes quedaban restos del entarimado, y por la forma en que se había astillado, parecía como si el suelo, en vez de hundirse, hubiera sido destrozado desde abajo...

6

Desde entonces, no se ha sabido nada de sir Amery Wendy-Smith, y aunque figura entre las personas desaparecidas, yo sé que de hecho está muerto. Se ha ido a los mundos de antigua maravilla y lo único que pido es que su alma vague por el lado nuestro del umbral. Pues en nuestra ignorancia, cometimos con sir Amery una gran injusticia, yo y todos los que hemos pensado que había perdido el juicio. Ahora entiendo todos sus extraños comportamientos; pero el llegar a comprenderlo resulta duro, y sé que me va a costar caro. No, él no estaba loco. Hizo lo que hizo como autoprotección, y aunque sus precauciones resultaron inútiles, en definitiva fue el miedo a un terror innominado, y no la locura, lo que le impulsó a adoptarlas.
Pero lo peor está aún por venir. Yo mismo tengo que enfrentarme con un final parecido. Lo sé, porque haga lo que haga, los temblores me persiguen. ¿O son sólo figuraciones mías? ¡No! Tengo muy poco trastornado el juicio. Mis nervios están deshechos, pero mi mente está intacta. ¡Sé demasiado! Ellos me han visitado en sueños, como creo que visitaron a mi tío, y lo que han leído en mi mente les ha advertido del peligro que corren. No se atreven a dejarme investigar, pues he llegado a tal punto que un día podría denunciarlos plenamente a los hombres, antes de que estén preparados... ¡Dios! ¿Por qué no ha contestado ese viejo loco de Wilmarth, de la Miskatonic, a mis telegramas? ¡Debe haber una salida! Aun ahora siguen cavando, esos moradores de las tinieblas...
¡Pero, no! Sería inútil. Debo seguir y terminar este relato. No he tenido tiempo de ir a contarles a las autoridades la verdad, pero aun cuando lo hubiese tenido, sé cuál habría sido el resultado. «Hay algo mal en la sangre de los Wendy-Smith», dirían. Pero este manuscrito contará la historia por mí y también servirá de advertencia para los demás. Quizá cuando se vea lo próximos que pasan mis paralelos de los de sir Amery, sienta la gente curiosidad; con este manuscrito como guía, quizá lo averigüen los hombres y destruyan la vieja locura de la Tierra, antes de que sea ésta quien les destruya a ellos...
Unos días después del derrumbamiento de la casa de campo de los pantanos, me instalé aquí, en esta casa de las afueras de Marske, para estar cerca por si aparece de nuevo mi tío, aunque tengo muy poca esperanza. Pero ahora, un terrible poder me retiene aquí. No puedo huir... Al principio, su poder no era tan fuerte, pero ahora... Ya no soy capaz ni de abandonar este escritorio y sé que el final ha de llegar pronto. Me encuentro inmovilizado en esta silla como si hubiese echado raíces en ella, y todo lo que puedo hacer es ¡escribir! Pero debo seguir..., debo seguir... Aunque los movimientos del suelo son mucho más fuertes ahora. Este condenado, burlesco, infernal estilo salta locamente de un lado a otro del papel...
A los dos días tan sólo de instalarme aquí, la policía me entregó un sobre sucio y manchado de tierra. Lo encontraron entre las ruinas de la casa —cerca de aquel extraño boquete—, y está dirigido a mí. Contiene esas notas que ya he copiado, y una carta de sir Amery, que por su espantoso final, debía de estar aún escribiendo cuando el horror vino por él... Bien pensado, no es de sorprender que el sobre escapara a la destrucción. Ellos no sabían qué era, y por eso no le prestaron ningún interés. En realidad, nada en la casa fue destruido deliberadamente —o sea, nada inanimado—, y por lo que he podido averiguar, los únicos objetos que faltan son aquellas terribles esferas, o lo que quedaba de ellas... Pero debo apresurarme... No puedo escapar, y los temblores de tierra no cesan de aumentar en fuerza y en frecuencia... ¡No! No tendré tiempo. No tendré tiempo de escribir todo lo que quería contar... las sacudidas son demasiado fuertes... Dema siado fuer tes... Int errum pen mi má quina dees cribir... terminar é esto de la única f orma que me qu eda y coser é lac arta de s ir Amer y a este man uscr ito...

«Querido Paul:
»En caso de que esta carta llegue a ti, hay ciertas cosas que debo pedirte que hagas por la salvación y la cordura del mundo. Es absolutamente necesario que estas cosas sean estudiadas y afrontadas, aunque no sé qué decir sobre cómo puede hacerse lo que pido. Era mi intención, por mi propia salud mental, olvidar lo sucedido en G'harne. Cometí un error al tratar de ocultarlo. En este mismo momento, hay hombres excavando en lugares extraños y prohibidos, y ¿Quién sabe lo que pueden desenterrar? Ciertamente, todos esos horrores deben ser descubiertos y extirpados..., pero no por aficionados entrometidos. Deben hacerlo hombres que estén dispuestos a terminar con este espantoso y cósmico horror. Hombres con armas. Quizá las más convenientes sean los lanzallamas... Desde luego, es necesario un conocimiento científico de la guerra... y dispositivos para descubrir al enemigo... Me refiero a instrumentos sismológicos especiales... Si tuviese tiempo, prepararía un informe detallado y explícito, pero parece que tendrá que bastar esta carta para guiar a los cazadores de horrores del mañana. Como ves, ¡ahora estoy seguro de que vienen por mí! Y no puedo hacer nada por evitarlo. ¡Es demasiado tarde! Al principio, al igual que muchos otros, me creía que estaba algo trastornado. ¡Me negaba a admitir que lo que había presenciado pudiera suceder en absoluto! ¡Admitirlo era admitir la demencia! Pero es completamente real..., sucedió. ¡Y sucederá otra vez!
»Sólo el cielo sabe qué le puede haber pasado a mi sismógrafo, ¡pero ese maldito trasto me ha traicionado de la manera más nefasta! ¡Oh! Ellos me habrían cogido tarde o temprano, pero al menos podría haber tenido tiempo de preparar un informe más adecuado... Te pido que pienses, Paul... Que pienses en lo que ha sucedido en la casa de campo... Puedo hablar como si ya hubiese ocurrido, ¡porque sé que ocurrirá! ¡Ocurrirá! Es Shudde-M'ell, que viene por sus esferas... Paul, analiza la forma de mi muerte, porque si lees esto es que yo habré muerto o desaparecido..., lo que viene a ser lo mismo. Lee cuidadosamente las notas que incluyo, te lo ruego. No tengo tiempo de ser más explícito, pero estas viejas notas mías pueden servir de alguna ayuda. Si eres la mitad de curioso de lo que creo que eres, no tardarás en admitir la existencia de un horror fantástico en el que, repito, el mundo entero debe esforzarse en creer... El suelo se estremece ahora, pero sabiendo que es el final, me mantengo sereno, pese al miedo que siento... No espero que dure mi presente estado de serenidad... Creo que cuando ellos vengan realmente por mí, mi mente estallará por completo. Puedo imaginarlo ahora... El suelo se astilla, revienta violentamente para dejarles paso. ¡Bueno! Aun al pensarlo, mis sentidos se embotan de terror... Notaré un olor nauseabundo, un limo, un cántico, una gigantesca contorsión y... Y luego...
«Incapaz de escapar, espero a la monstruosidad..., estoy atrapado por el mismo poder hipnótico que confesaron los otros de G'harne. ¡Qué abominables recuerdos! ¡Desperté para ver cómo a mis amigos y compañeros les succionaban la sangre y los secaban enteramente aquellos seres vermiculares y vampirescos de la sentina del tiempo! Dioses de dimensiones ajenas a este mundo... ¡Yo estaba hipnotizado entonces por esta misma fuerza terrible, incapaz de moverme para ayudar a mis amigos o al menos para ponerme a salvo! Milagrosamente, con el paso de la luna tras algunos jirones de nubes, el efecto hipnótico se quebró. Entonces, gritando y sollozando, con el juicio trastornado temporalmente, huí; tras de mí oía los babeantes ruidos de succión, así como el zumbido, el cántico demoníaco de Shudde-M'ell y sus hordas.
»Sin saber lo que hacía, en mi insensatez, cargué con aquellas esferas infernales... Anoche soñé con ellas. Y en mis sueños volví a ver las inscripciones de esa caja de piedra. Es más, ¡incluso pude leerlas! Todos los temores y ambiciones de esas criaturas demoníacas estaban grabados allí, ¡y podían leerse con la claridad de los titulares de un periódico! Puede que sean o no sean "Dioses", pero una cosa es segura: el más grave obstáculo para sus planes de conquista de la Tierra ¡es su ciclo de reproducción, terriblemente largo y complejo! Sólo nace un puñado de hijos cada mil años; pero considerando la cantidad de años que hace que están aquí, se aproxima el instante en que contarán con el número suficiente. Como es natural, les cuesta tanto alcanzar el número necesario que no están dispuestos a perder un solo miembro de su horrenda estirpe. ¡Y por eso precisamente perforan túneles de miles y miles de kilómetros, incluso bajo los océanos, con el fin de recuperar las esferas! Me he preguntado por qué me persiguen; pero ahora ya lo sé. Y también sé cómo. ¿No adivinas cómo saben dónde estoy, Paul, o por qué vienen? Estas esferas son como un faro para ellos; como una sirena que les llama. Y al igual que cualquier otro padre aunque con una ambición espantosamente inconcebible para nosotros¡responden meramente a la llamada de sus hijos!
»¡Pero vienen demasiado tarde! Hace unos minutos, justo antes de empezar esta carta, los seres han roto el cascarón. ¿Quién podía haber imaginado que eran huevos, o que el recipiente donde estaban era una incubadora? No puedo culparme de no saberlo. Incluso una vez traté de someter las esferas a los rayos X, malditas sean, ¡pero reflejaron los rayos! ¡Y la cascara era demasiado densa! Sin embargo, en el momento de la eclosión, se han roto en fragmentos diminutos. Las criaturas del interior no eran más grandes que una nuez... Teniendo en cuenta el tamaño de un adulto, deben de crecer a un ritmo fantástico. ¡Pero esos dos no crecerán ya! Los he achicharrado con la brasa de mi cigarro... ¡Y tenías que haber oído los alaridos mentales que salían de abajo!
»Si al menos hubiese podido saber antes, definitivamente, que no era locura, podría haber encontrado una forma de escapar de este horror... Pero ahora es inútil. Mis notas..., examínalas, Paul, y haz lo que yo debería haber hecho. Completa un informe detallado y preséntalo a las autoridades. Wilmarth puede ayudarte, y quizá Spencer, de la Universidad de Quebec... No me queda ya mucho tiempo... El techo cruje...
»Esta última sacudida..., el techo salta en pedazos..., suben. Ayúdame, Dios mío, ya suben... Los oigo avanzar a tientas dentro de mi cabeza, mientras suben...»


«Muy señor mío:
»Le envío este manuscrito encontrado en las ruinas de la casa número 17 de Anwick Street, Marske, Yorkshire, tras los temblores de tierra del mes de septiembre de este año, el cual considero una "fantasía" que el escritor Paul Wendy-Smith había concluido para su publicación. Es más que probable que las supuestas desapariciones de sir Amery Wendy-Smith y su sobrino, el escritor, no sean sino un artificio para promocionar dicho relato... Es bien sabido que sir Amery está/estaba interesado por la sismografía y que quizá algún indicio de los dos terremotos proporcionó al sobrino la inspiración necesaria para dicho relato. Prosiguen las investigaciones...
»Srg. J. Williams
»Dep. del condado de Yorks.
»2 de octubre de 1933.»

febrero loco, marzo otro poco...


 ...para marzo estaba preparando un post sobre el poeta mexicano Jaime Sabines, quien nació el 25 de 1926 y falleció el 19 de 1999; pero lo dejaré para después porque la noticia del mes se la lleva el terremoto en Japón, incluso opacando los (ahora lejanos a la distancia) vientos de libertad en el norte de África y en el Medio Oriente; desgraciadamente, permitiendo que Gadafi haga lo que le de la gana con el sufrido pueblo Libio... Japón, datos duros de la página del Observatorio de la Tierra de la NASA (http://earthobservatory.nasa.gov/NaturalHazards/view.php?id=49621): 11 de marzo del 2011, 02:46 p.m. hora local; costa este, 8.9 ó 9.0 grados en la escala de Richter, pone al terremoto como el quinto más violentos y destructivos de la historia del hombre, el peor en la historia de Japón, el epicentro a solo; y de hecho no hubiera causado tal destrucción para una civilización tan educada y disciplinada para esos sucesos, si no hubiera generado el tsunami que arrasó todo sin que existiera algo que pudiera detenerlo, no se puede planear nada ante tanto poder destructor que pudimos ver en vivo por televisión arrasando las costas que quedan de frente al terremoto, al maremoto y a la "falla de Japón" o "la grieta de Japón" tan cercana como se vé en la gráfica de la NASA que aquí pongo. Japón sigue a diario en la noticias porque los temblores y las replicas continúan sucediendo, muchos de ellos tan fuertes como los que han destruidos ciudades enteras en otras partes del mundo. A las noticias de mas de 3,600 muertes, 7,000 desaparecidos y 300,000 damnificados, van cayendo como fichas de dominó las diarias notas, como que la industria automotriz y electrónica (pilares de la economía nipona) están paralizadas y cuatro plantas nucleares de un complejo de seis tienen daños tan peligrosos que ya han ocurrido explosiones y fugas radioactivas poniendo una variable por demás dramática en la ecuación destructora provocada por la madre naturaleza. Y  no solo a la población del país del Sol Naciente va a afectar todo esto, ya viviendo en el planeta como una aldea global, el terremoto está causando desastres ecológicos, económicos y sociales tan grandes como no se hayan tenido noticia en los tiempos que nos toca vivir.  Se habla de que se movió de nuevo el eje de rotación de la tierra y que esto puede afectar los climas del planeta (¿más?), se habla de que ahora giramos mas rápidamente acortando el día (¿más?) en 1.8 segundos con consecuencias que apenas están los científicos estudiando luego de los últimos grandes movimientos telúricos: Haití el 12 de enero del 2010 y Chile el 27 de febrero del mismo 2010.
Para las fuerzas primigenias de la Tierra fue solo un reacomodo de su corteza, esas fuerzas se han estado moviendo desde antes de que la vida apareciera y seguirán moviendo después de que la vida desaparezca.
Curiosamente en mi perfil había puesto que estaba leyendo a H. P. Lovecraft por estos días, y pues sin remedio me viene a la memoria el relato de la persecución que los primigenios hacen por debajo de la tierra, mismo que comentamos Saul Ontiveros (un compañero del trabajo) y yo aquel día de junio del 2007 cuando un lago completo se secó en Chile y luego vino el enorme hoyo en medio de una ciudad de Guatemala en junio del 2010; curioso. Si quieren leer el cuento aquel, lo voy a copiar en el siguiente post...

jueves, 3 de marzo de 2011

el viento...


El viento...
El otro día estuvo soplando muy fuerte el viento y con algo de frío, mi niño Sebastián se estaba quejando de que no podría salir a jugar a la calle, por el clima; entonces me preguntó que cuando yo era chico, que hacíamos cuando por el viento y el frío no se podía salir de casa. 
Me acordé y le platiqué que antes eran de ley los fuertes ventarrones para los días de semana santa y para el día de muertos y cuando eran los cambios de clima por pasar de una estación a otra, sobre todo de invierno a primavera y de verano a otoño y que, cuando esto sucedía, no nos quedaba de otra más que reunirnos todos los chiquillos y las chiquillas (entre puros primos éramos un buen montón) a leer comics, a pintar libros, a jugar a la lotería o a otros juegos de mesa como damas, damas chinas, serpientes y escaleras (que nosotros mismos inventábamos dibujando en una cartulina), a contar historias de terror, o historias de otras cosas que se platicaban medio inventadas, medio en serio, sobre todo cuando una tragedia pasaba en aquel polvoriento barrio donde yo vivía de niño, cerca de la estación del ferrocarril Ch-P.
"–¿Pos que no tenían Internet o Sky o DVDs? ¿Eran muy pobres o qué? –Me preguntó."
"–No era por pobreza que no teníamos ni Internet ni Sky, era porque no existían todavía, Sebastián Le contesto."
"–¿Pues de qué año estamos hablando? –alguien más me preguntó y se escucharon algunas risillas burlonas."
"–¡No nos apartemos del tema, recuerden que el Internet y el Sky apenas llegaron a los hogares de México en el año 2000!"
No sé si por el dato contundente o por el tono, pero de nuevo acaparé la atención para que escucharan el relato.
Les platiqué, entonces, de la historia de la misteriosa muerte de la señorita Shaphino (nunca supimos muy bien como se escribe el apellido, pero ella así se auto nombraba, "la señorita Chafino). Ella era de alguna ciudad del Centro-Sur del país, nunca le escuché decir de dónde exactamente, pero luego decía que allí era una tierra de eterna primavera donde los ventarrones y el frío no se conocían; siempre se quejaba de su propia pobreza y del inclemente clima de Chihuahua; y de su impotencia, porque no se podía regresar a su tierra; sufría mucho cuando el fuerte viento y el frío se aliaban para atormentarla; pensaba que solo a ella pero, en realidad, nos atormentan a todos en lo general y más a los necesitados y desprotegidos en lo particular . Así era esta historia tal como se contaba por aquellos tiempos que ni el tormentoso y malvado viento del tiempo puede borrar:

…mientras permanecía en la polvorienta esquina, la señorita Chafino sentía un intenso odio hacia el viento. Durante los años que llevaba en aquella, desde su punto de vista, espantosa y desagradable ciudad, entre la mujer y el viento se había mantenido un constan­te estado de guerra, así lo creía y estaba convencida de ello. El aire parecía haberla elegido a ella —una solitaria y desamparada figura— para desahogar sus ocultos deseos de venganza. Le ladeaba el viejo som­brero de fieltro, le echaba sobre el rostro su revuelto ca­bello y le subía indecentemente las faldas, dejando a la vista sus negras y viejas medias, mostrando sin pudor los visibles remiendos de un hilo que a veces no era del mismo color que la raída tela.
Una vez, cuando regresaba a casa desde el trabajo, el viento le arrebató de la mano el billete y lo arrojó bajo un autobús que pasaba. Cuando el vehículo hubo desaparecido, la señorita Chafino miró entre el polvo y buscó por todas partes; pero el maldito papel parecía eludirla. La gente que se arremolinaba a su alrededor casi la empujó bajo un camión y manifestó impacientemente su disgusto contra ella. La cosa había sucedido el día antes de cobrar, cuando la mujer sólo disponía del dinero para pagarse ese autobús y el de la maña­na siguiente. Tuvo que hacer a pie el resto del camino a casa; cinco kilómetros o no se cuantos, y todos con el viento en contra.
Cuando era niña y vivía en el Sur, el viento era una cosa agradable. Las montañas lo mantenían adecuada­mente dominado, domándole como se doma a un brioso corcel. El aire chocaba contra las cumbres y era troceado en minúsculas partículas por los árboles, que susurraban con un sonido similar al del mar. En los campos, las flores silvestres se mecían con suavidad, formando her­mosos mares color rojo y dorado. En la escuela, cuando la niña Chafino cantaba, su delgado rostro se iluminaba momentáneamente en estas líneas:
"…Como bajo el sol brillan los rizos, que el frío viento forma en los ríos…"
Pero en ese entonces, la señorita Chafino no sabía realmente lo que era un viento frío.
Ahora sí que lo sabía. Era algo que se introducía por to­dos los resquicios y entumecía los pies de la señorita Chafino, pese al fuego que tan asiduamente cuidaba. Por las noches, el helado viento se metía con ella en la cama, de forma que hasta su atigrado gato, que permanecía bajo las mantas, se estremecía y durante horas de oscu­ridad, no paraba de moverse tratando de calentar sus doloridos huesos. El aire se metía bajo el usado abrigo de la mujer, penetrando por el agujero que había hecho en sus pantalones el alambre del tejado en que los tendía a que se secaran. También atravesaba sus remendados guantes, entumeciéndole los dedos hasta que parecía que le quemaban en una agonía de frío.
Su madre procedía de una agradable región del Sur. Y después de la muerte del padre de la señorita Chafino, la anciana señora anheló con todas sus fuerzas volver a su tierra natal. Pero el viento había podido con ella, recordó la señorita Chafino, con amargura: tras aguantar­lo durante dos temporadas, la pobre anciana murió de pulmonía.
Por entonces, la señorita Chafino poseía un negocio que funcionaba satisfactoriamente. Se dedicaba a la Costura Selecta y Elegante, a Precios Razonables
La mujer se había convertido en una solterona de pecho plano, cuyas juveniles ilusiones se redujeron a cenizas años atrás cuando tenía que cuidar a sus ancianos padres. Confeccionaba ropitas para bebés, con diminutos dibujitos bordados, trajes de novia, y bonitos delantales para niñas.
La enfermedad y la muerte de su madre representa­ron grandes gastos. Luego vino la mala racha. La señorita Chafino se trasladó a barrios peores, barrios que, por lo visto, gustaban mucho al viento, ya que los azotaba constantemente, como éste polvoriento  junto a la estación del ferrocarril Ch-P, con tantas calles de tierra suelta, un arroyo seco lleno de espinas y sucios lotes baldíos. La mujer se sentía sola, inquieta y, a veces, asustada. El miedo le atenazaba la garganta como si fue­se una verdadera mano, haciéndole difícil tragar.
Más tarde, la Administración de Obreros del CH-P le facilitó costura. La señorita Chafino hizo gruesas chaque­tas y pesadas prendas de trabajo. La dura tarea envaró y despellejó sus dedos. No dejaba de pensar en las da­mas a quienes había vestido de seda y crepé de China y en los bellos trajes que realizara durante su juventud.
El peor de los golpes lo recibió al concluir el proyecto obrero. Las mujeres ahora llevaban pantalones, laboraban en las fábricas y compraban ropa hecha. No tenían tiempo para probarse las meticulosas prendas cosidas por la señorita Chafino. Las viejas clientes de ésta murieron o se marcharon a otra ciudad, “a donde el viento y el clima eran menos crueles”, pensaba la señorita Chafino. 
El miedo iba cerniéndose sobre la mujer como una cre­ciente marea. Las manos, que en otros tiempos bordaron ramilletes de lilas sobre las delicadas, etéreas y transparentes telas, se habían vuelto artríticas a causa del frío y del tosco trabajo con las gruesas telas y de aquel hilo que en ocasiones parecía alambre de púas.
Todo lo que ahora podía hacer eran zurcidos y, de vez en cuando, algún encargo de reparaciones para una tienda de ropas usadas.
El autobús llegó como era común, atestado, y la señorita Chafino tuvo que ir de pie, nadie le cedió el asiento; la mayoría de los pasajeros ni siquiera le dirigían una fugaz mirada; parecía que solo pensaban en llegar pronto a casa sin mostrar emoción alguna. No veía por ningún lado una sonrisa ni escuchaba alguna charla animada, el sórdido sonido del viento con sus frías ráfagas que entraban cuando el autobús paraba para bajar o subir pasaje, hacía que la gente solo torciera los labios con desagrado; hasta allí llegaba la tiranía del viento helado.
En la calle en que vivía, el frío había matado incluso el olor a ajo y a repollo. Pero el viento se­guía allí, haciendo volar los papeles, echándole a la cara humo y polvo, y tirando de su sombrero hasta que los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de impotencia. 
Para llegar a su cuarto tuvo que subir dos tramos de escalera. El gato esperaba, hecho un ovillo, en medio de la cama. El animal saltó al suelo, estiró su flaco y lis­tado cuerpo y se encaminó hacia su dueña. Era la única criatura que aún la recibía como a una amiga. Gracias al gato, la señorita Chafino podía olvidar algunas veces su miedo atenazador. La confianza del animal en ella le daba un poquito de valor y determinación. Sin embargo, también temía por él. Había demasiadas personas que eran malas con los gatos, especialmente si éstos no eran de raza.
"—¿Estaba solito el minino de mamá? —Dijo, con sus agrietados labios, y prosiguió—."
"–Mamá va a encender un fuego y luego dará de comer a su gatito..."
El bicho, como apreciando tan patética devoción, se frotó, runruneando, contra la vieja falda de la mujer.
La señorita Chafino, aún con guantes, puso en la vieja estufa unas astillas y unos preciosos trocitos de carbón y encendió un cerillo. El maldito viento llegó por la chimenea y apagó la llama, sembrando de cenizas el suelo y manchando los limpios zapatos de la mujer.
La señorita Chafino consiguió al fin encender un débil fuego. Sobre el fogón colocó un recipiente para preparar café. Mientras el agua se calentaba, la mujer se sentó en la mecedora de abombado asiento que había frente al fuego, con las piernas cómodamente extendidas y los brazos doblados contra el cuerpo para darse calor. El gato saltó a su regazo, dándole suaves cabezazos en la barbilla. La solterona, agradecida, le abrazó. El animal ponía una nota de vida en el desnudo cuarto. Era algo que le hacía olvidar un poco la creciente marea de su miedo: la renta, que se llevaba todo lo que ganaba en la tienda, lo que debía al tende­ro, las suelas de sus zapatos... El miedo siempre estaba allí. Atormentada por él, la anciana había estropeado una prenda en la tienda de ropa usada y casi perdido su día de trabajo. Al recordarlo, le invadía un frío que no era precisamente debido al viento.
El gato, sobre su falda, frotaba la suave nariz contra el rostro de la señorita Chafino, a la vez que emitía un sonido que era, a un tiempo, ronroneo y maullido. En un repentino arranque de ternura, la señorita lo atrajo hacia sí, y el animal la miró con aire presuntuoso. Sus ojos eran como pálidas lunas verdes con misteriosas manchas doradas.
La solterona se levantó y preparó café. Luego echó un poco de leche y parte del agua caliente en un platito, para el gato. De su bolso extrajo un hueso de chu­leta que había conseguido le diera una de sus compañe­ras de trabajo. El hueso aún tenía una tira de carne y de ella emanaba un fuerte olor a pimienta y a fritura. La mujer arrancó la carne, mirando, avergonzada, el desnudo cuarto. Luego comió lentamente, mientras lágrimas de autocompasión le llenaban los ojos. Después se aga­chó y colocó el hueso, al que aún estaba adherida la gra­sa, en el platito del gato. El animal dejó la leche y comenzó a roer el sebo mientras movía el rabo como muestra de satisfacción.
La señorita Chafino se quitó el sombrero y comenzó a beber el café. Tomó asiento y fue dando pequeños sorbos a la infusión, mientras contemplaba al gato, deleitándose con los graciosos movimientos del animal y con la maravilla de sus verdes y profundos ojos.
Cada vez hacía más viento. A medida que la oscuri­dad aumentaba, la habitación se enfriaba más y más.
La señorita Chafino se quitó la ropa de salir a la calle, fue a buscar su bata de franela y la puso a caldear junto al fuego. Calentó más agua y llenó con ella una botella para meterla entre las frías sábanas. En seguida, armada con el gato y la botella, y tras remover los carbones para que el fuego durase el mayor tiempo posible, se introdujo en la cama. El foco que había junto al mueble apenas daba la luz suficiente para leer la sensacional re­vista de historias amorosas que cada noche ayudaba a la solterona a olvidar sus problemas.
Horas más tarde se despertó. El viento, no conten­tándose con atormentarla de día, convirtiendo cada una de las horas de luz en un suplicio, tenía que desvelarla por la noche con el fin de devolverla a la miseria de que los sueños la libraban brevemente.
El aire rugía en torno a la chimenea y golpeaba las ventanas hasta hacerlas temblar en sus marcos. La que la señorita Chafino había pegado con un gran trozo de papel de goma parecía abombarse como si en cualquier momento fuera a reventar, llenando la habitación de cristales.
En el tejado algo se soltó y quedó allí, batiendo y sal­tando, haciendo imposible el sueño. El frío parecía algo tangible, que recorría la columna vertebral de la ancia­na, mordía su rostro y punzaba sus pies, donde la ya helada botella se burlaba de cualquier idea de comodi­dad. La mujer prendió la luz, como si eso pudiera calentarla. El gato se rebulló y comenzó a moverse nerviosamen­te por la cama.
De pronto se produjo una ráfaga de viento más fuer­te que las demás. Se oyó un fuerte ulular y la ventana rota saltó. El cristal penetró en la habitación como si fuera metralla. El gato brincó al suelo y, en medio del salto, fue alcanzado por una arista de vidrio. El animal lanzó un último maullido y cayó inerte. Sobre la amarilla alfombrilla, las manchas de sangre parecieron pétalos de rosa.
La señorita Chafino se levantó de entre las gruesas mantas. Tenía frío, pero el de ahora estaba producido por una insensata furia. Pasó entre los fragmentos de cristal y recogió el inerte cuerpo del animalito. Los maravillosos ojos verdes aparecían vidriados, y la sangre caía en cálidas gotas sobre los pies, enfundados en medias, de la mujer.
La señorita Chafino permaneció allí, inmóvil, durante mucho, mucho tiempo. Al fin dejó al gato en el suelo y dijo, con expresión ausente:
"—¡Esto ya ha ido demasiado lejos...!"
Al menos, ahora ya sabía lo que debía hacer y, por consecuencia, se sentía tranquila. Se acercó a la cama, apartó las mantas, el abrigo que llevaba durante el día, la colcha que confeccionara con los retales del terciope­lo y la seda de sus días más felices. Tomó la sábana, inmensa y llena de remiendos, y se quedó mirándola pensativamente.
Todo era tan claro, tan sencillo, que la señorita Chafino se preguntó cómo no se le había ocurrido antes. Debía atrapar el viento y encerrarlo herméticamente dentro de algo, de forma que nunca pudiera escaparse, para asustar y dejar ateridas a pobres ancianas, mante­niéndolas despiertas y conscientes de su miseria, matando sus gatos... La mujer se puso los zapatos y, sin dirigir una sola mirada al animal muerto, abrió la puerta y co­menzó a bajar resueltamente las escaleras.
"¿Quién ha visto al viento?", canturreó, con la atiplada voz de su niñez, mientras el aire la zarandeaba y trataba de arrebatarle la sábana."
"—¡Ja, ja, ja! —Rió la señorita Chafino, entre dientes, aferrando con más fuerza el enorme trozo de tela—. ¡Esta vez, no, querido amigo! ¡Esta vez, no!–"
"¿Quién ha visto al viento? ¿Adonde se va el aire? ¡Arriba, arriba, arriba! ¡Hasta llegar al cielo!
Miró hacia el campanario de la iglesia del barrio. Era el edificio más alto que había a la vista. Incluso en aquella noche brillaba como una arista reluciente. A su gato le había matado una arista de vidrio. Ella mataría al viento.
A la torre de la iglesia se llegaba a través de una negra puertecita que había en la parte trasera. Tal como la señori­ta Chafino esperaba, no estaba cerrada. Sin un momento de vacilación, la solterona comenzó su decidido ascenso. Cada vez más arriba, subiendo escaleras, tropezan­do con la sábana, pisándose el borde del abrigo, dando traspiés, riéndose y volviendo a ascender, con el pelo alborotado flotándole enfrente del rostro y con el seño fruncido, con la mirada perdida y con una chispa de desvarío en los pardos ojos. En el interior de la torre no había viento; pero aquello no la disuadió de su idea. El aire la estaba aguardando allá arriba... ¡y ella le aguardaría a él!.
Al fin llegó al pequeño cuarto donde se encontraba la campana, una pequeña habitación cuadrada, con arcos cuadrados sin ningún adorno y con una pequeña terraza abierta por un lado. El viento estaba allí, tal como la anciana había esperado, rugiendo como un león. Pero la señorita Chafino ya no le tenía miedo, ¡Por Dios que ya no le temía!.
"—¡Ahora veremos! —gritó, feliz—. ¡Ahora veremos!. Tenía que gritar con su aguda voz para escucharse a sí misma sobre el fuerte silbido del viento.
Sacudió la sábana. Como es lógico, el viento trató de arrebatársela; pero ella, diestramente, agarró las cuatro esquinas y salió a la pequeña terraza abierta. Allá abajo, las luces del barrio brillaban y parpadeaban. La señorita Chafino las miró plácidamente, como diciendo:
"—¡Contémplenme! ¡Estoy dándole su merecido, de una vez para siempre, a este asqueroso y maldito viento!"
Fue precisamente entonces cuando una ráfaga de aire la fustigó. Sopló furiosamente y ella la atrapó en la sábana, que se hinchó como una inmensa hogaza de pan en el horno. La anciana tuvo que dar unos pasos para apoderarse del viento; ¡Pero al fin lo tenía allí!. ¡Se sentía tan feliz, que le pareció caminar por el aire!
Miró hacia abajo y pudo ver que las luces de la calle se preci­pitaban hacia ella. Antes de golpear en el duro suelo, la señorita Chafino pasó por un último momento aterrador... Un momento durante el cual, ella se dio cuenta que el viento había ganado... otra vez… como siempre lo hacía… porque el viento había estado siempre soplando en el mundo, antes de que se creara el hombre, y seguiría soplando con la misma fuerza después de que el hombre dejara de existir sobre la tierra...