Anécdotas con mis hijos:
Cosas divertidas que sucedieron en la niñez de mis hijos, y que de siempre he estado escribiendo en mi Diario, y a diario; para no olvidar esas tan importantes vivencias y sus detalles.
¿Y tú, recuerdas o escribes en algún diario, las anécdotas chuscas, especiales, divertidas, que le ocurren a la familia, sobre todo a los niños...?
Te invito a que lo hagas, y a que nos las compartas.
Te invito a que lo hagas, y a que nos las compartas.
Aquí narro algunas de ellas:
Anécdota con una de mis niñas
(No voy a decir cuál de las dos…)
Un día fui al oftalmólogo para conseguir una nueva graduación de mis lentes, y mis niñas, pequeñas, me acompañaron.
En la sala de espera había dos pacientes cuando entramos. En eso llegó el doctor, saludó y nos dijo, leyendo en una hoja que le entregó su recepcionista:
“- Bien, hoy hay dos pacientes que requieren una nueva graduación y otro paciente que viene porque trae un “cuerpo extraño” en su ojo… En un momento los atiendo; la enfermera les va a indicar quien pasa; sólo denme un minuto para preparar una solución para extraer ese “cuerpo extraño” … ese paciente entrará primero…”
Todos conformes.
Pero como mis hijitas estaba tomando agua de un despachador en una esquina, no escucharon lo que el doc nos dijo, y una de ellas vino y me preguntó:
“- Oyes Apá, ¿Qué fue lo que dijo el doctor…?”
Y le respondí qué en un momento, la enfermera nos iba a llamar para ir pasando con él.
Entonces sale la enfermera y nos dice:
“- ¡Ah, ah, ah…! Por favor, que entre la persona del “cuerpo extraño” …”
Y una de mis niñas (no voy a decir cual de ellas…) le dice a un señor visiblemente jorobado, chaparro, barrigón, con calvicie y unos feos lentes con vidrios de fondos de botella:
“- ¡Ándele señor, ándele…! ¡Que le pase con el doctor, que enseguida pasará mi Apá…!”
El señor se quedó con la boca muy abierta; pero en eso se levantó de su silla una señora con un gran parche en el ojo y le dijo a mi niña:
“- ¡No niña, yo voy primero…!”
El señor ‘jorobado’ y la secretaria se estaban atacando de la risa; el señor lo tomó con un muy buen humor, hasta eso… se estaba ahogando a carcajadas, hasta sus lentes salieron volando al suelo…
Y yo que no hallaba dónde meterme…
Anécdota con Marianita:
En el Kínder, en el salón de Marianita, la maestra Lupita nos citó a Junta regular de Padres.
Ya casi para terminar, la maestra hizo entrar a los alumnitos, y nos preguntó que, si alguien proponía algún tema extra de la temática oficial escolar, para enseñar a los parvulitos, lo tomaría muy en cuenta.
Yo propuse que se les enseñara un poco el manejo del dinero personal, conocer las monedas, algunos billetes, y sobre todo recibir cambio… y Marianita en eso opinó a gritos:
“- ¡Sí maestra, sí…! ¡Para que doña Rosita no nos haga ‘tarugos’ con el cambio en la tiendita…!”
“- ¡Marianita…! ¡Cómo es eso Marianita Mija… ¡Ja, ja, ja… Ja, ja, ja!” -Contestó doña Rosita entre carcajadas mientras repartía vasitos de refresco a todos-.
Todos, maestra, padres y alumnitos a carcajadas…
Anécdota con los
niños y con Doña Socorrito:
Cuando llevamos a Arturito al pediatra, enfermo de la garganta, nos acompañó Abuelita Doña Socorrito.
La sala de espera estaba llena; de música de ambiente se escuchaba una tranquila melodía al piano, una tras otra, obvio era una playlist de puras melodías tranquilas al piano, ‘música de sala de espera’.
Luego de las clásicas llamadas de atención:
“- ¡Sebastián… estate quieto un momento por el amor de Dios…!”
“- ¡Niñas… dejen de moverle tanto al despachador de agua…!”
Entonces, nos dijo doña Socorrito:
“- Con la sala tan llena de pacientes, y el ‘doctor don pediatra’ muy tranquilo tocando su pianito… Doc, yo no soy tan paciente…”
La recepcionista se quedó con la boca abierta al escuchar la queja de doña Socorrito; y de seguro luego se lo contó al pediatra…
Y a la salida de la clínica, desde el semáforo de la concurrida esquina de las calles Ocampo y Ojinaga, se miraba un negocio con grandes ventanales con muchas sillas y mesas. Doña Soco opinó:
“- ¡Mmm…! Siempre he visto vacío ese pobre restaurante; no sé cómo pueden sostener los dueños a ese negocio…”
“- ¡Ay Abue, Ay Abue…! No es un restaurante Abue, es una mueblería y allí venden comedores… ¡Ay Abue, Ay Abue…!” -Le explica Arturito-.
Y las niñas a risa y risa y diciendo en coro: “- ¡Ay Abue… Ay Abue…!”
Anécdota con Sebastiancito:
Cuando Sebastián estaba chiquito, se dio cuenta que un doctor inyectó a su hermano Arturito porque estaba enfermo de las anginas (su hermano Arturito, no el doctor...).
En el Kínder les dijeron a los alumnitos que un médico iba a ir a revisarlos como una brigada sanitaria escolar. Y ese día por la mañana, muy tempranito, Sebastiancito no quería ir al Kínder porque pensaba que lo iban a inyectar como a su hermano.
Yo le dije que el doctor sólo quería conocer a los niños y no iban a inyectar a nadie.
Me escuchó muy atento y luego fue a revolver sus cosas y regresó y me dió una fotito suya y muy serio me dijo:
“- Mira Apá, si el doctor sólo quiere conocerme, enséñale esta foto y listo… mañana si voy a la escuelita…”
Anécdota de cuando iba a nacer Fatimita:
Narro esta vivencia porque pues fue cuando iba a nacer mi niña Fatimita; entonces si cuenta como Anécdota con mis niños.
Iba a nacer la Fatimita en la Clínica de Maternidad del IMSS…
Entre las pacientes, había una señora muy rellenita, que iba a entrar a quirófano antes que Vero mi esposa.
El camillero batalló para empujar la camilla, estaba pesadita la seño…
Entró junto con su esposo al parto. Me fijé que el señor vestía overol de mezclilla y sombrero de granjero o de menonita.
El señor dejó el sombrero y le dieron una enorme bata verde y cubre bocas y cubre pelo, para que pudiera entrar junto con su esposa.
Varias personas y yo estábamos en la sala de espera, que estaba casi llena.
Al rato y de repente, salió el señor granjero muerto de risa, a carcajada abierta. Se quitó la bata y los cubre bocas y cubre pelo y se puso su sombrero de granjero y fue a sentarse a una silla en un rincón, sin dejar de reír ruidosamente.
Le pregunté que qué había pasado, que a porqué de esa risa. Y apenas pudo platicarnos del porqué lo habían corrido del quirófano:
“- Soy granjero y toda mi vida la he pasado criando cerdos, es mi profesión y así me gano la vida y así mantengo a mi familia. Obvio la doctora no lo sabía. Cuando empezó el trabajo de parto de mi esposa, la doctora me preguntó ‘burlona’ que si yo estaba nervioso y yo le respondí:
“- ¡Oh no…! ¡Yo estoy bien doctora…! Yo he visto, eh, eh, yo he visto antes a muchas ‘mamás cerdas’ dar a luz…”
Todos se quedaron paralizados como congelados en el quirófano: y la doctora me echó a empujones y a palabrotas. Lo peor es que me dio un ataque de risa y la doctora más se enojó; echaba humo por la nariz.
Todos nos carcajeamos en la sala de espera, hasta que una enfermera nos dijo que ¡Silencio!...
Anécdota con Fatimita:
Ya es noche y voy por las niñas a casa de su amiguita, donde han estado jugando toda la tarde.
Aunque reniegan un poco porque no se quieren ir, al final ya vamos de regreso a casa; pero la Fatimita no se queda con las ganas y dice:
“- ¡Qué envidia de las tortugas Apá…! Pueden irse a su casa a la hora que se les dé la gana…”
Anécdota con Marianita:
Un día iba yo a comprar pollo rostizado y se me pegó la Marianita.
Pasamos al frente del negocio y estaba lleno el estacionamiento y no había más un lugar cercano.
Entonces decidí estacionarme a una calle de distancia, pero había que cruzar un semáforo y la calle era muy transitada.
Giré y me estacioné a la vuelta de la esquina; nos bajamos y tomé a la Marianita de la mano para cruzar cuando el semáforo se pusiera en verde.
Delante de nosotros, estaban esperando el cruce una ancianita y un ancianito.
Marianita miraba que el tráfico pasaba muy rápido y había mucho ruido.
Al fin la luz verde se encendió y nos dispusimos a cruzar.
Fue cuando la Marianita les gritó a los dos ancianitos:
“- ¡Señor, Señor…! ¡Tómela de la mano para cruzar la calle…! ¿Qué no mira que es un crucero peligroso…?”
El viejito y la viejita voltearon sorprendidos a vernos, y ambos con una gran sonrisa se cruzaron la calle muy tomados de la mano.
Cuando llegamos a la otra acera, se soltaron de las manos y cada uno siguió hacia destinos opuestos.
La señora caminó junto a nosotros y todavía con una gran sonrisa en su cara, nos dijo entre dientes:
“- Yo ni conozco al tal señor viejito, pero si es una buena idea tomarse de la mano para cruzar una calle tan transitada… ¿Ya ves, niñita bonita…? Nos diste un momento muy agradable entre tanto ruido y movimiento; yo sólo voy para allá enfrente a comprar pollo, el señor quien sabe para dónde ganó… ¡Gracias niñita muy bella…!”
Anécdota con Fatimita:
Un día, el Kínder nos invitó a los padres a un evento público a donde iban a asistir unos Tarahumaras para dar una plática como parte de un festival indígena estatal.
El ‘Gobernadorcillo’ (así se auto define la autoridad civil tarahumara…) platicó sobre su historia y su idioma.
Luego un niño le preguntó que, si había ‘palabrotas’ en su idioma y, sonriendo, el líder dijo que no, que no existían ‘palabrotas’ en el idioma ‘rarámuri’.
Entonces Fatimita le preguntó que qué palabras usaban si estando clavando algo, se daban un golpe en un dedo… El jefe tarahumara lo pensó un momento, se miró su mano izquierda, donde tenía un dedo vendado y nos dijo muy serio:
“- Entonces en ese caso, si usamos el lenguaje de ustedes, los ‘chabochi…’ o sea el lenguaje del hombre blanco”
Anécdota con Sebastián:
Esa vez que Arturito se enfermó de las anginas y lo inyectaron, yo le comenté al doctor pediatra que Arturito sólo tenía fiebre cuando era de noche. El doc nos explicó que eso era porque el virus ‘se activaba de noche’.
Sebastiancito opinó:
“- Entonces, pos hay que juntar todas las lámparas de la casa y así prenderlas en la camita de Arturito, para que el 'muy mugroso' virus crea que es de día y así ya no lo inyectas…”
“- Muy buena treta niñito, muy buena…” -Dijo el doc entre risas-.
Anécdota con los Abuelitos doña Socorrito y Don Pancho:
Un día durante la comida con los abuelitos y los niños, doña Socorrito le dijo a su marido Don Pancho, que ya usara otra chamarra, porque ‘ya parecía retrato’ siempre con la misma, ya muy arrugada y sucia; ‘muy percudida...’ dijo la Abue Socorrito…
Pero don Pancho alegaba que era su chamarra favorita y que le gustaba mucho usarla.
Un domingo, luego de la misa, nos dimos una vuelta por un bazar que habían puesto frente a la iglesia, en el parque de la colonia. Y doña Socorrito miró una parecida a la de don Pancho y de inmediato la compró porque estaba muy limpia y hasta muy bien planchadita.
Llegando a casa, juntó a los niños y le dijo a don Pancho que le traía una sorpresa, y le mostró la chamarra.
Los niños aplaudieron y le dijeron que ya no usara la chamarra vieja y sucia, que esa estaba muy limpia y muy planchadita.
Don Pancho la miró, la examinó y luego se dio una palmada en la frente y riéndose a carcajadas les dijo:
“- ¡Esta chamarra es la mía…! ¡El viernes en la tarde fui al parque con los del bazar y se la doné a una señora de allí para que la vendiera…!”
Doña Socorrito y todos nos reímos mucho porque don Pancho seguiría usando su chamarra preferida, pero ahora muy limpia y muy bien planchadita…
Anécdota con Marianita:
Una vez, la Marianita preguntó que por qué los niños o niñas no deberían decir palabrotas.
Yo le dije que cada vez que alguno de mis hijos decía palabrotas, a mí me salían canas; en ese tiempo yo todavía no tenía tantas canas como luego las he tenido…
La Marianita lo pensó un momento y luego me dijo muy seria:
“- ¡Ah mira…! ¡Hay Apá…! ¡Entonces tú eras tremendo de tremendo, mira nada más cuántas canas tiene mi abuelita Licha…!”
Caí en mi propia trampa…
Anécdota con Sebastián:
Un día nos invitaron en el Kínder a otra plática, ahora por los policías y los bomberos.
Un niño le preguntó al jefe de los bomberos que por qué todos corrían tan rápido cuando sonaba la alarma en el cuartel de los bomberos, que eso lo había visto en un programa en la tele.
Antes de que el bombero contestara, Sebastiancito se adelantó y opinó con gritos:
“- ¡Ah, por porque todos corren super rápido porque el bombero que llegue primero, manejará la bombera a toda velocidad por las calles…!”
Todos los niños se alborotaron y dijeron luego unos y luego otros y al final todos gritando:
“- ¡Yo quiero ser bombero cuando sea grande…!”
Un día fui al oftalmólogo para conseguir una nueva graduación de mis lentes, y mis niñas, pequeñas, me acompañaron.
En la sala de espera había dos pacientes cuando entramos. En eso llegó el doctor, saludó y nos dijo, leyendo en una hoja que le entregó su recepcionista:
“- Bien, hoy hay dos pacientes que requieren una nueva graduación y otro paciente que viene porque trae un “cuerpo extraño” en su ojo… En un momento los atiendo; la enfermera les va a indicar quien pasa; sólo denme un minuto para preparar una solución para extraer ese “cuerpo extraño” … ese paciente entrará primero…”
Todos conformes.
Pero como mis hijitas estaba tomando agua de un despachador en una esquina, no escucharon lo que el doc nos dijo, y una de ellas vino y me preguntó:
“- Oyes Apá, ¿Qué fue lo que dijo el doctor…?”
Y le respondí qué en un momento, la enfermera nos iba a llamar para ir pasando con él.
Entonces sale la enfermera y nos dice:
“- ¡Ah, ah, ah…! Por favor, que entre la persona del “cuerpo extraño” …”
Y una de mis niñas (no voy a decir cual de ellas…) le dice a un señor visiblemente jorobado, chaparro, barrigón, con calvicie y unos feos lentes con vidrios de fondos de botella:
“- ¡Ándele señor, ándele…! ¡Que le pase con el doctor, que enseguida pasará mi Apá…!”
El señor se quedó con la boca muy abierta; pero en eso se levantó de su silla una señora con un gran parche en el ojo y le dijo a mi niña:
“- ¡No niña, yo voy primero…!”
El señor ‘jorobado’ y la secretaria se estaban atacando de la risa; el señor lo tomó con un muy buen humor, hasta eso… se estaba ahogando a carcajadas, hasta sus lentes salieron volando al suelo…
Y yo que no hallaba dónde meterme…
En el Kínder, en el salón de Marianita, la maestra Lupita nos citó a Junta regular de Padres.
Ya casi para terminar, la maestra hizo entrar a los alumnitos, y nos preguntó que, si alguien proponía algún tema extra de la temática oficial escolar, para enseñar a los parvulitos, lo tomaría muy en cuenta.
Yo propuse que se les enseñara un poco el manejo del dinero personal, conocer las monedas, algunos billetes, y sobre todo recibir cambio… y Marianita en eso opinó a gritos:
“- ¡Sí maestra, sí…! ¡Para que doña Rosita no nos haga ‘tarugos’ con el cambio en la tiendita…!”
“- ¡Marianita…! ¡Cómo es eso Marianita Mija… ¡Ja, ja, ja… Ja, ja, ja!” -Contestó doña Rosita entre carcajadas mientras repartía vasitos de refresco a todos-.
Todos, maestra, padres y alumnitos a carcajadas…
Cuando llevamos a Arturito al pediatra, enfermo de la garganta, nos acompañó Abuelita Doña Socorrito.
La sala de espera estaba llena; de música de ambiente se escuchaba una tranquila melodía al piano, una tras otra, obvio era una playlist de puras melodías tranquilas al piano, ‘música de sala de espera’.
Luego de las clásicas llamadas de atención:
“- ¡Sebastián… estate quieto un momento por el amor de Dios…!”
“- ¡Niñas… dejen de moverle tanto al despachador de agua…!”
Entonces, nos dijo doña Socorrito:
“- Con la sala tan llena de pacientes, y el ‘doctor don pediatra’ muy tranquilo tocando su pianito… Doc, yo no soy tan paciente…”
La recepcionista se quedó con la boca abierta al escuchar la queja de doña Socorrito; y de seguro luego se lo contó al pediatra…
Y a la salida de la clínica, desde el semáforo de la concurrida esquina de las calles Ocampo y Ojinaga, se miraba un negocio con grandes ventanales con muchas sillas y mesas. Doña Soco opinó:
“- ¡Mmm…! Siempre he visto vacío ese pobre restaurante; no sé cómo pueden sostener los dueños a ese negocio…”
“- ¡Ay Abue, Ay Abue…! No es un restaurante Abue, es una mueblería y allí venden comedores… ¡Ay Abue, Ay Abue…!” -Le explica Arturito-.
Y las niñas a risa y risa y diciendo en coro: “- ¡Ay Abue… Ay Abue…!”
Cuando Sebastián estaba chiquito, se dio cuenta que un doctor inyectó a su hermano Arturito porque estaba enfermo de las anginas (su hermano Arturito, no el doctor...).
En el Kínder les dijeron a los alumnitos que un médico iba a ir a revisarlos como una brigada sanitaria escolar. Y ese día por la mañana, muy tempranito, Sebastiancito no quería ir al Kínder porque pensaba que lo iban a inyectar como a su hermano.
Yo le dije que el doctor sólo quería conocer a los niños y no iban a inyectar a nadie.
Me escuchó muy atento y luego fue a revolver sus cosas y regresó y me dió una fotito suya y muy serio me dijo:
“- Mira Apá, si el doctor sólo quiere conocerme, enséñale esta foto y listo… mañana si voy a la escuelita…”
Narro esta vivencia porque pues fue cuando iba a nacer mi niña Fatimita; entonces si cuenta como Anécdota con mis niños.
Iba a nacer la Fatimita en la Clínica de Maternidad del IMSS…
Entre las pacientes, había una señora muy rellenita, que iba a entrar a quirófano antes que Vero mi esposa.
El camillero batalló para empujar la camilla, estaba pesadita la seño…
Entró junto con su esposo al parto. Me fijé que el señor vestía overol de mezclilla y sombrero de granjero o de menonita.
El señor dejó el sombrero y le dieron una enorme bata verde y cubre bocas y cubre pelo, para que pudiera entrar junto con su esposa.
Varias personas y yo estábamos en la sala de espera, que estaba casi llena.
Al rato y de repente, salió el señor granjero muerto de risa, a carcajada abierta. Se quitó la bata y los cubre bocas y cubre pelo y se puso su sombrero de granjero y fue a sentarse a una silla en un rincón, sin dejar de reír ruidosamente.
Le pregunté que qué había pasado, que a porqué de esa risa. Y apenas pudo platicarnos del porqué lo habían corrido del quirófano:
“- Soy granjero y toda mi vida la he pasado criando cerdos, es mi profesión y así me gano la vida y así mantengo a mi familia. Obvio la doctora no lo sabía. Cuando empezó el trabajo de parto de mi esposa, la doctora me preguntó ‘burlona’ que si yo estaba nervioso y yo le respondí:
“- ¡Oh no…! ¡Yo estoy bien doctora…! Yo he visto, eh, eh, yo he visto antes a muchas ‘mamás cerdas’ dar a luz…”
Todos se quedaron paralizados como congelados en el quirófano: y la doctora me echó a empujones y a palabrotas. Lo peor es que me dio un ataque de risa y la doctora más se enojó; echaba humo por la nariz.
Todos nos carcajeamos en la sala de espera, hasta que una enfermera nos dijo que ¡Silencio!...
Ya es noche y voy por las niñas a casa de su amiguita, donde han estado jugando toda la tarde.
Aunque reniegan un poco porque no se quieren ir, al final ya vamos de regreso a casa; pero la Fatimita no se queda con las ganas y dice:
“- ¡Qué envidia de las tortugas Apá…! Pueden irse a su casa a la hora que se les dé la gana…”
Un día iba yo a comprar pollo rostizado y se me pegó la Marianita.
Pasamos al frente del negocio y estaba lleno el estacionamiento y no había más un lugar cercano.
Entonces decidí estacionarme a una calle de distancia, pero había que cruzar un semáforo y la calle era muy transitada.
Giré y me estacioné a la vuelta de la esquina; nos bajamos y tomé a la Marianita de la mano para cruzar cuando el semáforo se pusiera en verde.
Delante de nosotros, estaban esperando el cruce una ancianita y un ancianito.
Marianita miraba que el tráfico pasaba muy rápido y había mucho ruido.
Al fin la luz verde se encendió y nos dispusimos a cruzar.
Fue cuando la Marianita les gritó a los dos ancianitos:
“- ¡Señor, Señor…! ¡Tómela de la mano para cruzar la calle…! ¿Qué no mira que es un crucero peligroso…?”
El viejito y la viejita voltearon sorprendidos a vernos, y ambos con una gran sonrisa se cruzaron la calle muy tomados de la mano.
Cuando llegamos a la otra acera, se soltaron de las manos y cada uno siguió hacia destinos opuestos.
La señora caminó junto a nosotros y todavía con una gran sonrisa en su cara, nos dijo entre dientes:
“- Yo ni conozco al tal señor viejito, pero si es una buena idea tomarse de la mano para cruzar una calle tan transitada… ¿Ya ves, niñita bonita…? Nos diste un momento muy agradable entre tanto ruido y movimiento; yo sólo voy para allá enfrente a comprar pollo, el señor quien sabe para dónde ganó… ¡Gracias niñita muy bella…!”
Un día, el Kínder nos invitó a los padres a un evento público a donde iban a asistir unos Tarahumaras para dar una plática como parte de un festival indígena estatal.
El ‘Gobernadorcillo’ (así se auto define la autoridad civil tarahumara…) platicó sobre su historia y su idioma.
Luego un niño le preguntó que, si había ‘palabrotas’ en su idioma y, sonriendo, el líder dijo que no, que no existían ‘palabrotas’ en el idioma ‘rarámuri’.
Entonces Fatimita le preguntó que qué palabras usaban si estando clavando algo, se daban un golpe en un dedo… El jefe tarahumara lo pensó un momento, se miró su mano izquierda, donde tenía un dedo vendado y nos dijo muy serio:
“- Entonces en ese caso, si usamos el lenguaje de ustedes, los ‘chabochi…’ o sea el lenguaje del hombre blanco”
Esa vez que Arturito se enfermó de las anginas y lo inyectaron, yo le comenté al doctor pediatra que Arturito sólo tenía fiebre cuando era de noche. El doc nos explicó que eso era porque el virus ‘se activaba de noche’.
Sebastiancito opinó:
“- Entonces, pos hay que juntar todas las lámparas de la casa y así prenderlas en la camita de Arturito, para que el 'muy mugroso' virus crea que es de día y así ya no lo inyectas…”
“- Muy buena treta niñito, muy buena…” -Dijo el doc entre risas-.
Un día durante la comida con los abuelitos y los niños, doña Socorrito le dijo a su marido Don Pancho, que ya usara otra chamarra, porque ‘ya parecía retrato’ siempre con la misma, ya muy arrugada y sucia; ‘muy percudida...’ dijo la Abue Socorrito…
Pero don Pancho alegaba que era su chamarra favorita y que le gustaba mucho usarla.
Un domingo, luego de la misa, nos dimos una vuelta por un bazar que habían puesto frente a la iglesia, en el parque de la colonia. Y doña Socorrito miró una parecida a la de don Pancho y de inmediato la compró porque estaba muy limpia y hasta muy bien planchadita.
Llegando a casa, juntó a los niños y le dijo a don Pancho que le traía una sorpresa, y le mostró la chamarra.
Los niños aplaudieron y le dijeron que ya no usara la chamarra vieja y sucia, que esa estaba muy limpia y muy planchadita.
Don Pancho la miró, la examinó y luego se dio una palmada en la frente y riéndose a carcajadas les dijo:
“- ¡Esta chamarra es la mía…! ¡El viernes en la tarde fui al parque con los del bazar y se la doné a una señora de allí para que la vendiera…!”
Doña Socorrito y todos nos reímos mucho porque don Pancho seguiría usando su chamarra preferida, pero ahora muy limpia y muy bien planchadita…
Una vez, la Marianita preguntó que por qué los niños o niñas no deberían decir palabrotas.
Yo le dije que cada vez que alguno de mis hijos decía palabrotas, a mí me salían canas; en ese tiempo yo todavía no tenía tantas canas como luego las he tenido…
La Marianita lo pensó un momento y luego me dijo muy seria:
“- ¡Ah mira…! ¡Hay Apá…! ¡Entonces tú eras tremendo de tremendo, mira nada más cuántas canas tiene mi abuelita Licha…!”
Caí en mi propia trampa…
Un día nos invitaron en el Kínder a otra plática, ahora por los policías y los bomberos.
Un niño le preguntó al jefe de los bomberos que por qué todos corrían tan rápido cuando sonaba la alarma en el cuartel de los bomberos, que eso lo había visto en un programa en la tele.
Antes de que el bombero contestara, Sebastiancito se adelantó y opinó con gritos:
“- ¡Ah, por porque todos corren super rápido porque el bombero que llegue primero, manejará la bombera a toda velocidad por las calles…!”
Todos los niños se alborotaron y dijeron luego unos y luego otros y al final todos gritando:
“- ¡Yo quiero ser bombero cuando sea grande…!”
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