sábado, 20 de septiembre de 2014

Influencia de Maussan




La primera foto es una que vi en un programa de Jaime Maussan, tomada en Palenque, Chiapas, donde (según Maussan) se ve a un ser insectoide al parecer venido de las estrellas y que forma parte de una colonia de extraterrestres que llevan una eternidad viviendo entre nosotros. La segunda fue tomada por mi hermana Irma en un viaje que hizo a Guachochi, donde se ve un ovni como los que por cientos presenta Maussan en su programa; no digo que sea la misma nave que un lejano día la dejó a las puertas de nuestra casa; no digo que haya ninguna relación, solo tomo las fotos como pretexto porque les quiero contar un  pequeño cuento de ciencia ficción:
Un pequeño relato de ciencia ficción…
—Hoy, mi hermano, el Gran Dios está con nosotros. Ésta es la prueba —dijo el general mientras sonriente veía el avance de su ejército por la pantalla que ocupaba toda la pared.
—Creo… creo que esto no está bien —comentó titubeante su segundo, un curtido soldado en mil batallas.
—¿Cómo dices? ¿Qué cosa no está bien? Explicate, soldado—exclamó furioso el Señor de la Guerra.
—Atacamos a mujeres y niños. No dejamos llegar a la ayuda humanitaria. No hay honor en ello.
—¿Mujeres y niños? Yo sólo veo feas sabandijas infrahumanas. Hay que atajarles como a una enfermedad. Impedir que se extiendan. Sin piedad. Sin titubeos.
—No podemos comportarnos así. Hace años, otros nos hicieron lo mismo y casi acabamos aniquilados. No podemos ser como esos. No podemos convertirnos en los demonios que nos masacraron.
—Me estás preocupando. No te creía tan… débil, tan…
—Sabes que no lo soy. He luchado contigo y nos hemos salvado el trasero incontables veces. Pero esto,… esto no es una guerra, es un exterminio.
—Son ellos o nosotros. No podemos permitirnos otra opción. Y si te parece que no está bien, creo que es el momento de que abandones esta sala… y no vuelvas. No necesito lloronas a mi lado. Necesito soldados, soldados de verdad que estén a la altura.
El curtido militar miró a su superior como si fuera la primera vez. Habían estado juntos desde jóvenes, habían compartido mil comidas, bebidas y burdeles, bodas y entierros, pero, ahora se daba cuenta, que era un extraño para él.
Abandonó la sala dispuesto a dejar el cuerpo espacial. Dispuesto a iniciar algo en otro lugar, quizá en el otro bando de la batalla, aquello no era la razón por la que un lejano día se había enlistado en el ejército.
Esas pobres criaturas no se merecían ese destino. Miró por la claraboya del crucero de combate. Un borbotón de luces caía sobre el planeta. En ese momento deseó no pertenecer a la raza insectoide y rezó a sus propios dioses por la raza humana en extinción. Rezó por que no pasara lo mismo en otras partes del universo… sin que nadie levantara un dedo para evitarlo. Él tenía que iniciar algo en otro lugar, no podía permitir eso, no podía quedarse al margen, alguien tenía que empezar la resistencia…


viernes, 29 de agosto de 2014

El Vagabundo y el famoso “Triángulo de los Recuerdos”…




Spotify es la aplicación Sueca musical de moda; sin hacerles mucha publicidad (porque ni me lo pagan, además de que no es gratuita, cuesta $99.00 al mes), si les puedo decir que es una maravilla para los amantes de la música.

Puedes encontrar prácticamente cualquier canción que busques.

Entonces, navegando por allí me encontré por casualidad con “La Balada del Vagabundo”, que recordaba porque en una anterior reunión de “La Cofradía Rockera”, un amigo me comentaba que otro rockero de la cofradía, el buen Felipe Becerra, uno de los miembros fundadores del “gremio”, el licenciado Felipe Becerra, se había tirado no hacía mucho a la vida de Vagabundo a raíz de una tragedia en un accidente automovilístico donde perdió a varios miembros de su familia.

Mi amigo tarareaba la dichosa canción y no pudimos recordar cómo se llamaba; claro, el espeso ambiente, la abundante cerveza y el sonido a todo volumen no ayudaban mucho que digamos, estaba sonando “Roundabout” del grupo de rock progresivo “Yes”, en su punto más álgido.

Así que hace poco y de casualidad me encontré la dichosa canción en el Spotify, y se la mandé a mi amigo para saber si era la que buscábamos, porque al escucharla de nuevo, después de tantos años, ya nos pareció más una canción “infantiloide”, que el “ameno Pop comercial” como recordábamos haberla oído en la radio de la juventud.

Luego, por medio de la tan socorrida “Asociación de Ideas”, me acordé del Vagabundo que de joven veía casi a diario, por las noches, enseguida de la farmacia donde yo trabajaba.

Ahora actuaba el famoso “Triángulo de los Recuerdos”: la plática con mi amigo, la canción que medio recuerdas y que luego de repente te la encuentras, y la memoria asociada, me llevan de nuevo al pasado, para poder platicarles la historia de aquel Vagabundo, pero primero la letra de la susodicha canción, si no la recuerdan, búsquenla en Youtube:



La Balada del Vagabundo:

Papá, Papá, ayer cuando jugaba, le pregunte a un hombre que miraba:

¿Quién es usted? y me dijo un Vagabundo, Papá que cosa es, un Vagabundo.



Un Vagabundo es un hombre que va siempre, de un lado a otro caminando por el mundo,

Sin ambición, sin ansia ni esperanza, y no conoce amor ni confianza.



Jamás nosotros seremos Vagabundos, vivimos del amor, y de ilusiones,

Ni tú ni yo iremos por el mundo, viviendo con temor, como aquel hombre.



Papá, Papá porque Dios no le a dado, la misma suerte a todos los humanos.

Papá porque, hay pobres Vagabundos, que solitarios van, por todo el mundo.



En esta vida hay pobres y hay ricos, igual que existen, flores bellas y marchitas,

Igual que el sol, alumbra y no la luna, y existe la maldad, y un alma pura.



Jamás nosotros seremos Vagabundos, vivimos del amor, y de ilusiones,

Ni tú ni yo iremos por el mundo, viviendo con temor como aquel hombre.



Los Hechos

El Vagabundo despertó con frío, temblando.

Esos últimos días del mes de Agosto eran de un clima muy extremoso.

Por la madrugada se sentía un fuerte vientecillo helado que se metía a través de los huecos donde el cartón, los trapos viejos y algunos tiznados trozos de madera, hacían las veces de improvisado cuartucho. Por el mediodía y la tarde, el calor subía mucho y esos mismos materiales ahora se convertían en un horno que lo sofocaban y hacían sudar.

Aquella era para él la época más difícil del año; de hecho ocurría dos veces: cuando a fines del presente Agosto te abandonaba el candente Verano y lentamente empezaba el ventoso Otoño, y luego cuando en Abril, pasaba (por fin) el crudo Invierno y se acercaba la luminosa y ruidosa Primavera.

Aunque “vivía” desde hacía tiempo en aquella semi derruida casa frente a la vieja estación del ferrocarril “ChePe”, no había hecho nunca ningún arreglo a los cuartos que una noche fueron casi destruidos en su totalidad por el fuego.

De hecho nunca se había ido del lugar, solo se ausentó un tiempo mientras las autoridades investigaban la tragedia que arrebató la vida de su esposa e hija, dejándolo a él mismo a punto de perecer asfixiado por el humo del incendio pero, salvo eso, el hombre había salido ileso del mortal siniestro, al menos físicamente.

Al fin de cuenta, como desgraciadamente sucede muy a menudo, la policía abandonó pronto el caso; aun bajo la sospecha de que el origen del fuego hubiera sido un cigarro encendido en medio de una tremenda borrachera del tipo que allí vivía; pero como no había familiares cercanos que mantuvieran de alguna forma viva la tragedia, la gente pronto olvidó el accidente y la casa duró mucho tiempo en aquel lamentable estado.



Los Recuerdos

Entonces aquel hombre Vagabundo regresó a la casa en escombros.

Arriba, el cielo color gris parecía que se fuera a desplomar en cualquier momento. El Vagabundo caminaba con su pesado paso por esas calles con la poca luz que te anuncia que la tarde se aleja a veloz paso y que pronto llegará la noche engulléndolo todo con su oscuridad, dejando por solo unos minutos unas pocas líneas de un rojo intenso en el lejano horizonte poniente.

Entró por un hueco de las viejas maderas que tapaban la puerta; dentro, el piso seguía cubierto con una fina capa de ceniza y el polvo de las carcomidas paredes. Con pasos vacilantes, se dirigió directamente a los restos de lo que un día fue una escalera, con un compartimiento debajo cerrado por unas puertas ahora sin picaporte, por eso nadie había descubierto ese espacio oculto.

Estaba buscando algo en sus recuerdos grises, como tratando de atrapar algo que tenía la consistencia, el olor y el color del humo.

Con dificultad pudo abrir una portezuela y vio lo que buscaba, un pequeño baúl de madera ahora sucio y algo chamuscado, pero intacto; rompió con facilidad el pequeño candado y con su sucia mano enfundada en esos viejos guantes sin dedos, revolvió con ansia el interior: había allí un pequeño mantel de mesa con motivos navideños, un chupete con un listón rosa que casi se desmoronó cuando lo tocó con su temblorosa mano, y una fotografía algo manchada de humedad pero con una increíble nitidez. Mostraba a una bella dama, con suave rostro, ojos cafés y pelo ligeramente enroscado en sus extremos, que aun tenía el color del trigo; sostenía en sus brazos a un niña pequeña con rostro alegre, y una sonrisa que recordaba la elegante boca de la dama y con grandes ojos grises, como los del hombre que al lado de ellas, parecía irradiar la mayor felicidad del mundo.



La Soledad

Iluminado apenas por la tenue luz celestial de un lejano relámpago, El Vagabundo de los ojos grises abrazaba la fotografía, su retrato, su familia, sus sueños ahora inexistentes, el temblor de su cuerpo era involuntario; en ese rincón y recostado contra la sucia pared, se dejó llevar por la soledad.

La fotografía ganó arrugas, y manchas de tizne humedecidas, y suciedad en forma de huellas digitales de esas manos que habían hurgado en muchos lugares y que no habían encontrado nada. Fiel reflejo de ese rostro inexpresivo que levantaba la mirada al cielo y solo veía por un agujero del derrumbe del techo, un bajo cúmulo de nubes oscuras que presagiaban la inminente llegada de la fría lluvia.



La Cena

Lo vi varias noches, a traves de la ventana de la farmacia donde yo trabaja, cuando el Vagabundo repetía siempre esa nocturna rutina de la cena.

Apoyaba su cansada espalda bajo la farola de fría luz del alumbrado público.

De su ráida bolsa de tela tejida, extraía un pequeño mantel con motivos navideños, que extendía pulcramente en el suelo, encima ponía un trozo de una vela que nunca encendía, sostenida por un vasito de cristal a la medida; buscando en su bolsa sacaba un recipiente con algo de la comida que había conseguido en el lento peregrinar durante esa tarde. De una botella vertía algún líquido en el vaso de cartón que colocaba a la derecha de su comida; había también medio durazno y dos uvas como postre.

Los grandes ojos grises, enmarcados en espesas cejas del mismo color, miraban al otro lado del mantel, donde no había nadie, buscando quizá alguna mirada cómplice, alguna conversación agradable o un gesto de cariño que lo mantuvieran cuerdo y atado a este injusto mundo.

Luego, en su soledad, se santiguaba mirando hacia el cielo, con las estrellas reflejadas en los húmedos ojos grises, y con un hilo de voz apenas audible susurraba:
-Las echo muchísimo de menos…

viernes, 28 de febrero de 2014

El Borrachín y el Bromista


 
 En una reciente reunión de La Cofradía Rockera, cuando en el fondo resonaba el solo de guitarra de Eric Clapton en la canción de The Beatles "While My Guitar Gently Weeps" (estabamos recordando a George Harrison por el aniversario de su muerte hace unos días), me comentaba un amigo que en la planta donde trabaja, corrieron a 9 compañeros porque participaron, siguiendo al "tipo gracioso del grupo" que nunca falta, en una pesada broma a un muchachito con capacidades diferentes, que participaba como operador en un programa de "Diversidad y Grupos Vulnerables". La broma del choque eléctrico les salió mal y, aunque fue a bajo voltaje porque en esa planta hacer tablillas electrónicas, el chico tuvo convulsiones y estuvo a punto de tener un paro cardiáco. Así que el tema de la plática general fue la clásica pareja trágica del "Inocente y el Bromista", que puede llegar a situaciones trágicas; entonces me acordé de la tragedia que una vez ocurrió por causa de una broma pesada, en el barrio donde vivía de niño...
...
Todo barrio que se respete a tenido entre su “fauna urbana” a ciertos personajes típicos que todos conocíamos y saludabamos al paso de sus lugares donde tenían sus “negocios”. Desde “el cura” de la parroquia de la colonia y “don Beto el policía”, hasta el resto, que iban desde “don Chuy el mecánico”, “don Rómulo el fontanero”, “El sr. Romo el farmacéutico”, “don Rodolfo el carnicero”, mi ‘apá “don Toño el taxista”, mis tíos “los tapiceros de la Rosa”, “Neto y la Chiva los carpinteros”, “Don Efrén el electricista de la CFE”, “el sr. Rascón el de la refresquería” del parque y así otros más. Y nunca faltaba un borrachín empedernido y un bromista que siempre estaba buscando la forma de burlarse del pobre borrachito que, generalmente y como era de buen corazón, le aguanta todas las pesadas bromas; a menudo ese tipo bromista iba rodeado de un nutrido grupo de amigotes que le festejaba todas sus bromas pesadas. En realidad el borrachín nunca parecía notar que el gracioso tipo le gastaba bromas bastante pesadas. Cualquiera que fuera la broma o la burla, siempre le sonreía con esa su sonrisa bobalicona y decía:
—Ese es mi amigo tan gracioso. ¡Claro que es gracioso y es mi amigo!...
Los que conocí en mi barrio cuando yo era chico, un fatal día fueron a dar juntos al Manicomio Municipal, al Hospital Psiquiatrico, a la Casa Salud, como se le llamaba en aquellos tiempos, allá por la salida a la carretera a cd. Cuauhtemoc.
A “Carlitos el borrachín empedernido” le daba igual el lugar para dormir, pues estaba acostumbrado a los peores lugares del barrio para pernoctar o dormir la borrachera; pero a “Juanelo el Potrillo”, el bromista sin límite no; cuando se lo llevaron, aullaba como un perro apaleado y tenía la mirada perdida y estaba totalmente fuera de sí, estado propio de los que han perdido la razón.
En aquellos tiempos “Carlitos el borrachín empedernido” dormía en una pequeña habitación situada en la parte de atrás de la capilla ardiente de la modesta funeraria de don Angel. Su misión era mantener limpio el local, el cual barría de cuando en cuando. Don Angel le dejaba hacer pequeños trabajos como éste, para que así Carlitos no creyera que le tenían por caridad. A Carlitos le gustaba su cuartito, sin pensar siquiera que la mayor parte del tiempo tenía un inquilino en la capilla ardiente de la pequeña funeraria.
Llegó mayo, el mes de las «aguaceros». Las lluvias convirtieron el acceso al Panteón Municipal en un verdadero muladar, y hasta que las aguas bajaran de intensidad la funeraria de don Angel tuvo dos inquilinos esperando a hacer su último viaje. Debido al tamaño tan reducido del local, Carlitos se vio obligado a compartir su pequeño cuartito con la hija solterona de don Luis, el dueño de la frutería del barrio, que murió de pulmonía algunos días antes.
Tan pronto como “Juanelo el Potrillo” se enteró de aquello, no pudo evitar el gastarle una pesada broma a Carlitos.
—Hemos oído decir que tienes compañía en tu cuarto donde duermes, Carlitos. ¿Es cierto?— le dijo un domingo que el borrachín estaba tomando de una botella de barato licor en el parque, junto a los boleros de calzado, enfrente del bar “Al Sur de la Frontera”, propiedad del padre de “Juanelo el Potrillo”.
Carlitos les miró muy extrañado.
—Sí Carlitos, Si. Me refiero a esa linda muchacha que está alojada contigo.
—¡Caramba, Potrillo! Es la hija de don Luis el de la frutería. Ya lo sabes, ¿Qué no, qué no estabas enterado?...
Carlitos dirigió una mirada a su alrededor para ver si los amigotes estaban sonriéndose. Aún no estaba seguro de si le gastaban una de sus acostumbradas bromas.
—¿Quieres decir que no es tu novia Carlitos?
Potrillo, esa pobre solterona está muerta. No puede ser la novia de nadie. Tú no estás muy bien de la cabeza hoy.
Algunos de los muchachos se hallaban a punto de soltar la carcajada; pero Juanelo los contuvo con una rapidísima mirada. Se le había ocurrido una idea.
—Carlitos..., ¿no viste nunca levantarse a esa chica por las noches y caminar por tu habitación?
—¡Allí está, te digo! Ja! Ahora es cuando estoy más convencido de que el borracho eres tú y no yo.
—No estoy borracho ni loco —respondió Juanelo con voz lúgubre—. Todo cuando puedo decirte es que será mejor que te asegures de que la tapa de su ataúd está bien cerrada.
Todos los rostros que rodeaban a Carlitos conservaban sus expresiones muy serias.
—¿Por qué será mejor que me asegure? —preguntó el pobre borrachín, quien apuró un buen trago de licor.
—Por el barrio corre el rumor de que la tal solterona fue mordida por un murciélago antes de morir —Juanelo acercó su cara a la del azorado Carlitos lo más que pudo y continuó, arrastrando las palabras y con los ojos muy abiertos:
—Pero no un murciélago común y corriente que vive debajo de cualquier puente, sino un verdadero ¡Murciélago Vampiro! venido de no se sabe donde junto con la horrible tormenta que azotó el barrio la otra noche, ¿la recuerdan todos? Era una fea tormenta con rayos y centellas. ¿Se dan cuenta de lo que eso pudo hacer de ella?
—¿Una, una, una vampiresa?— dijo uno de los amigotes con cara muy seria.
Carlitos estaba un muy confundido, pero Juanelo continuó remachando el clavo.
—Exactamente. Seguro que una noche te dormirás y a la mañana siguiente verás los dientes de esa chica clavados en tu cuello. Te habrá chupado la sangre hasta dejarte completamente seco.
Dicho lo cual, Juanelo se alejó con sus amigos, dejando solo a Carlitos para que pensara sobre aquello.

Más tarde, Carlitos hizo a don Angel algunas preguntas sobre los vampiros, y don Angel, cándidamente, le contó cuanto él sabía. Antes que pudiera preguntarle a Carlitos para qué quería saber aquello, entró un fulano, un posible cliente, y don Angel pronto olvidó el asunto por completo.
Lo que hizo fue terrible, porque aquella misma noche Juanelo y sus amigotes se reunieron en la parte de atrás de la funeraria, donde se hallaba la habitación de Carlitos.
Juanelo se volvió a Susana, la única muchacha del grupo. Pensaba casarse con ella en breve; pero la forma en que llevaba maquillada aquella noche la cara hizo que Juanelo se estremeciera un poco al mirarla. Sus ojos estaban ribeteados de negro y sus labios pintados de morado. El resto del semblante estaba blanqueado con crema y gis en polvo, a excepción de algunos cercos negros para ahondar las mejillas.
Potrillo, no me gusta nada hacer esto —susurró la muchacha.
—¡Oh vamos a divertirnos mucho! No es más que una broma y el barrio está demasiado aburrido estos días...
—Sí, pero no me agrada la idea de meterme en un ataúd.
—No permanecerás en él más que unos minutos, hasta que Carlitos vuelva. Como te dije, te meteremos en uno de los ataúdes que don Angel guarda vacíos y lo cambiaremos por el que está en la habitación de Carlitos. Cuando él vuelva a su cuarto, tú lanzas unos cuantos lamentos, levantas la tapa... y todo el mundo a reír.
—Supongamos que le da un ataque al corazón o algo por el estilo.
—¡Oh, es demasiado tonto para eso! Echará a correr, gritando, y no parará hasta la iglesia del Sagrado Corazón... ¡En dos minutos estará allí!
Susana se rió sin ganas.
—¡Chis! —dijo una voz.
Era la de uno que estaba mirando desde la esquina del edificio hacia la parte de delante.
—¡Ya sale!... ¡Vámonos!
El grupo se ocultó, y cuando Carlitos desapareció calle arriba, entraron corriendo por la puerta sin cerrar de la funeraria. Minutos después, cuando Carlitos regresó con una botella de licor barato en una bolsa de papel, los hombres estaban otra vez en la calle, en la parte trasera del edificio.
—Ayudenme —dijo Juanelo.
Dos de sus amigos le cogieron por las piernas y le alzaron lentamente hasta que pudo ver el interior de la habitación de Carlitos a través de una ventana que parecía una tronera.
—Ya entra —susurró Juanelo al grupo que estaba abajo—. Se ha sentado en su catre y se está quitando los zapatos.
Juanelo no tuvo que informar sobre lo que sucedió a continuación, porque todos pudieron oír desde donde estaban el lamento que salió del ataúd de madera.
Dentro del cuartito, Carlitos se puso en pie de un salto. Otro lamento salió del ataúd y Carlitos se agarró al borde de su catre con la cara desencajada. Al mismo tiempo, Juanelo se sostenía con una mano en el borde de la ventana, mientras trataba de ahogar la risa con la otra.
—¿Qué pasa? —preguntó una voz desde abajo.
—Espera —contestó Juanelo, sin poder contener la carcajada—. Se abre la tapa del ataúd... Ella se levanta... ¡Dios! ¡Parece un cadáver de verdad!... Creo que Carlitos echará a corr...
Se interrumpió cuando Carlitos, de pronto, recobró el movimiento. Empezó a andar lentamente..., no hacia la puerta, como Juanelo creyó que haría, sino en línea recta hacia el ataúd. También Susana estaba sorprendida, y no ofreció resistencia cuando Carlitos saltó hacia ella, la empujó dentro del ataúd y bajó la tapa.
—¿Qué sucede, Potrillo? —preguntó alguien.
Juanelo estaba demasiado aturdido para contestar.
—No sé... Ha vuelto a encerrarla dentro del ataúd... Ahora está sacando algo de debajo del colchón... Parece como si... ¡oh Dios mío!... ¡Oh Dios mío!... ¡No!...
El horror que se notaba en su voz cortó de raíz la risa que estaba a punto de estallar entre sus amigos. Uno de los que le sujetaban las piernas aflojó de pronto y Juanelo cayó al suelo, gimiendo. Antes que los hombres pudieran recobrarse, llegó hasta ellos, procedente de la habitación de Carlitos, un grito aterrador, que heló la sangre a todos los que esperaban abajo: era el grito de una mujer en mortal agonía, y fue seguido por otro, más desgarrador que el primero.
Juanelo se puso en pie y, corriendo, dio la vuelta al edificio. Cuando sus amigos le alcanzaron, ya estaba empujando con todas sus fuerzas la pesada puerta de la funeraria, presa de la locura. Uno de los hombres conservó la calma. Apartando a los otros, cogió una maceta que estaba delante de la ventana de cristales y la lanzó contra ella. Juanelo fue el primero que entró por ella cuando los cristales dejaron de caer al suelo. Los gritos procedentes de la habitación de Carlitos alcanzaron su cúspide. Cuando los hombres llegaron a la puerta, cesaron de repente.
Juanelo fue el primero que entró en el cuartito, y lo que vio le hizo lanzar un aullido. El ataúd continuaba aún sobre los dos soportes en que fuera colocado unos minutos antes. Carlitos estaba en pie, temblando, delante de él, con un mazo en la mano. Un ligero estertor salió del ataúd cerrado y la larga estaca de madera, incrustada en su suelta tapa, se movió levemente cuando la moribunda mujer que yacía dentro se estremeció por última vez. Luego, todo quedó inmóvil. La sangre empezaba a gotear sobre el suelo.
Juanelo comenzó a gritar desgarradoramente y perdió para siempre la razón.
Cuando la policía se llevó a Juanelo y a Carlitos, todos estuvieron de acuerdo en que la culpa la tenía el primero. Todos, excepto don Angel. Estuvo borracho durante una semana, diciendo que él fue el loco que explicó a Carlitos la forma de matar un vampiro: clavándole una estaca en el corazón.